El deporte nacional


Cierto es que no existe mayor espectáculo posible. Estadios grandiosos, competición con jugadores profesionales (estrellas les llaman) al más alto nivel en todos los aspectos (la envidia de Europa), algunos incluso orientadores de masas, gabinetes de múltiples entrenadores para todos y cada uno de los aspectos de este vital juego. Competición, presidentes de diferentes colores (no siempre los mismos que su afición) enardeciendo a sus hooligans con discursos estéticos en un gran altavoz mediático… Si hay confrontación y discordia, más se enardecen los ánimos y por ende más se obvia la realidad. En ese estadio, aplausos y abucheos se mezclan por igual, haciéndome olvidar mi vida diaria, aquí puedo dar rienda suelta a mi rabia contenida y sentirme parte del deporte nacional, y si el presidente lo quiere, convertir al héroe en villano en un abrir y cerrar de ojos (viva el deporte nacional).

Disculpen, pero yo desearía hablarles de mi equipo (quizás también sea el suyo). Mi equipo llamado Sanidad es un tanto atípico. Tenemos muchos presidentes de diferentes colores (a los que también más se deben) y una pléyade de vicepresidentes, consejeros, asesores y «arquitectos financieros» (bastantes más que en nuestro entorno). Ellos sí son estrellas con gran soporte mediático. Y tenemos varios estadios, generalmente bastante llenos y que precisan «alguna reformilla», entrenadores, sin duda alguna, numerosos… Sin embargo mis compañeros en este «juego de vida» suelen tener contratos precarios y que además están lejos de sus colegas alemanes, franceses o británicos (tanto sociales como sin duda económicas). En los descansos solemos hablar de que producimos sonrojo en Europa, aunque ellos nos deseen mucho. Pero, cuando salimos «al campo», notamos palpitar el escudo y lo damos todo, nunca hay una oportunidad que no merezca un hálito más de esperanza. Peleamos hasta la extenuación, porque ese hermano merece nuestro compromiso (y afecto). Hemos pensado muchas veces si «virtualmente» nos habrán metido un «chip arcaico» (por la información que transfiere) con aquel juramento (disculpen la ironía) al finalizar nuestros estudios. Solemos decir que no somos protagonistas pero estamos sujetos al vaivén de tantos residentes de colores e ideas cambiantes. Y si el partido se tuerce hacemos real la frase de «enseñarme un héroe y te enseñaré una tragedia». Pero cuando la normalidad regresa le acompañan esas «estrellas» en su vorágine mediática; mejor descargar la culpa antes que asumir la responsabilidad.

Dicen que nuestro equipo es muy eficiente (sin estudiar el divisor del concepto eficiencia). Es posible que algo tenga que ver ese 6,28 % del PIB que dedicamos al equipo (lejos aquí también de Europa: 9,3 % Alemania y Francia). Pero eficiente no es lo mismo que eficaz. Entre gritos y reproches de «nuestras estrellas» atisbo entender que necesitamos una gran reforma. Es posible, no lo dudo, pero por favor, que nos permita competir en las ligas internacionales. Si la reforma tiene ese carga estética (que no ética) impregnada de populismo para aglutinar vítores y aplausos de los aficionados… pues mejor no agotar a los compañeros, ya ahogados en mentiras, al descubrir el amargo sabor de una gota de verdad. Y si, en mi equipo hay «supervisores generales» (ministros de Sanidad les llaman), son cambiantes, nada más y nada menos que 9 en los últimos 10 años… Debe ser porque se le da importancia a este (mi) equipo llamado sanidad o, ¿prefieren pensar que tal vez sea por lo contrario? Depende, diría un gallego, lo dejo a su simple imaginación o quizás reflexión.

Por Tato Vázquez Presidente de SEMES Galicia (Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias)

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