Corte de pelo

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

21 jun 2020 . Actualizado a las 08:57 h.

El otro día fui con el pequeño Martín a que nos cortaran el pelo. Era la primera vez desde el confinamiento. La conversación casual no es mi fuerte, por lo que la peluquería siempre me ha intimidado. Recuerdo con especial angustia a un barbero que me cortaba el pelo en la época que pasé en Salamanca y que, con la navaja en la mano y la amenazadora solemnidad de tribunal de oposición, preguntaba antes de empezar: «¿Fútbol o toros?».

De modo que, si siempre me ha resultado intimidatorio el ritual del corte de pelo, ahora, con la bata blanca y las mascarillas, me pareció decididamente quirúrgico. Había allí el silencio espeso de un número de trapecistas. Primero fue Martín. O el que yo suponía que era Martín, pero de lo que no tuve una certeza absoluta hasta que el peluquero empezó a podar una gigantesca bola de pelo y fue emergiendo la cara de un niño de cuatro años y medio que exclamó: «¡Papá!».

Luego me tocó a mí. Esta vez lo disfruté. Siempre me ha interesado esa secuencia que observa uno en el espejo de la barbería: un tipo que nos resulta familiar se va convirtiendo en otro que no veíamos desde hacía un mes. Solo que en este caso habían pasado tres meses y yo no reconocía ni al de antes, ni al de ahora. Los dos se me parecían, pero decidí tomarlos por parientes, y no muy cercanos. Quizá los que tengo en México y que no veo desde hace décadas.