Hasta los drones

UPV

Galicia tiene en torno a 1.700 kilómetros de costa y cerca de mil playas, incluyendo aquí tanto los arenales urbanos como los denominados naturales. A nadie se le escapa que gestionar este atractivo turístico en las actuales condiciones supone un problema para los concellos y, en este sentido, se han propuesto soluciones más o menos imaginativas para controlar el número de visitantes.

Hay quien sugiere parcelar los arenales con marcas de diferentes tipos, instalar máquinas expendedoras de tiques, como en las grandes superficies, o utilizar drones para controlar el aforo. En otros casos se ha propuesto la utilización de dispositivos de autolimitación, como círculos o cuadrados que los visitantes deben instalar para garantizar la distancia de seguridad. En resumen, un concurso de ideas que, en mi opinión, no va a generar más que problemas.

Es verdad que la diferente tipología de los arenales exige diferentes soluciones, pero mi propuesta para gestionar el problema se basa en limitar el acceso de vehículos y primar a los residentes; el objetivo es tratar de contener la presión sobre los arenales, reducir la movilidad y evitar conflictos. Trataré de explicarme, pero vaya por delante que esto se aplica habitualmente en buena parte de nuestro país.

En las playas no urbanas, alejadas de núcleos de población, tan frecuentes por ejemplo en A Costa da Morte, bastaría con cerrar el acceso de vehículos a motor y permitir únicamente el acceso caminando. En la primera fase del confinamiento hemos visto que en nuestras ciudades hay casi tantos deportistas como habitantes, por lo que creo que esta medida facilitaría que todo el mundo siga manteniendo la forma física.

En las playas de pequeños núcleos urbanos, piensen en enclaves de Ares o de Rianxo, la limitación de aparcamiento dando preferencia a los residentes sería suficiente para controlar la presión, tanto sobre los arenales como sobre los núcleos que se convierten en lugares de concentración masiva durante la temporada estival. Obviamente, si se desplazan a otros lugares, las restricciones se aplican en su nuevo destino.

En cuanto a los arenales urbanos con gran demanda (Riazor, Samil, etcétera), la solución es más difícil y probablemente sea necesario un control de acceso, pero en este caso los grandes concellos podrían afrontarlo económicamente; cabe señalar que según el presidente de la Xunta estos casos supondrían menos de un 1 % del total de arenales.

Cada año en el Cabo de Gata las playas más demandadas cierran el paso a los coches y solo se puede acceder con un sistema de transporte público; a las pequeñas calas hay que ir caminando. En algunas áreas de la Costa Azul, o en ciertas islas, el acceso a algunas playas esta limitado y sometido a un estricto control. No hay más sistemas y cada concello debe elegir.

Les aseguro que no tengo ningún interés personal en la cuestión, solo con pensar que los arenales tienen un aforo me quedo en casa, pero no es razonable pensar que tener a doscientas personas en la playa y a quinientas esperando en los bares del pueblo sirva para algo. Otra opción posible es un verano sin restricciones, pero, si no, centrémonos en los vehículos y no en contar personas o acabaremos todos hasta los drones.

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