Los grifos


Me interesó la historia de ese hombre que se ha pasado estos meses de confinamiento encerrado, solo, en un hotel gigantesco de Barcelona, haciendo labores de mantenimiento. Esta enésima encarnación del mito de Robinson Crusoe no tenía que redescubrir la tecnología, le bastaba con hacer que siguiese funcionando. Cada día revisaba concienzudamente el estado del sistema contraincendios, comprobaba el funcionamiento de la maquinaria del hotel, y de paso hacía algún que otro arreglo eléctrico o daba una mano de pintura si hacía falta.

En la novela, Crusoe no retoma la vida civilizada mientras no consigue llevar correctamente la cuenta de los días, marcándolos con una muesca en un poste y leyendo la Biblia el domingo. La biblia de este hombre del hotel, que es un ingeniero, era el manual de mantenimiento, y lo que marcaba el ritmo de su semana era que cada cinco días exactos se calzaba unos guantes de látex y se ponía a recorrer cada piso y cada habitación, un total de 473, una a una, abriendo todos los grifos, y cronometrando que por ellos fluyese el agua durante cinco minutos exactos. Y luego la siguiente habitación, y la siguiente, y el siguiente piso, y el siguiente. Un total de 1.400 grifos. Este ceremonial de paciencia y rutina le ocupaba un día entero. Es un protocolo diseñado para prevenir la legionella. Pero esta idea de un tipo recluido en un lugar solitario, que rehace cada cinco días una misión crucial, lo convierte para mí en un personaje mitológico, un Sísifo de la fontanería.

Un día hablaba con mi amigo Suso sobre el asombro que nos producía a los dos el avance de la tecnología, y él, que vivió su lejana niñez en las ásperas y hermosas sierras de Muras, en Lugo, me confesó: «Lo que quieras, pero a mí lo que de verdad me sigue asombrando es que cuando abres un grifo salga agua. No que salga caliente, eso ya me parece un milagro. Que salga agua, simplemente». Y, desde entonces, cuando pienso en lo que significa la civilización, eso tan frágil y que valoramos tan poco, e incluso fantaseamos con destruir, no se me vienen a la cabeza los viajes espaciales ni el descubrimiento del genoma humano. Pienso en el humilde grifo plateado, brillante como una joya, un modesto símbolo del esfuerzo del ser humano por lograr la que considero la segunda aspiración más importante después de la libertad, y que es la comodidad.

Volviendo al hombre de Barcelona: un hotel grande es un animal doméstico muy exigente, pero aún así le quedaba algo de tiempo libre. En la novela, Crusoe encuentra su entretenimiento en cazar y en el tabaco de su pipa. Descartada la presencia de animales salvajes en un hotel de lujo y limitado por la prohibición de fumar, al hombre no le quedaba otro ocio que ver la televisión, a solas, entre las sombras que proyecta la pantalla en las paredes y esas voces airadas que salen de una caja. Y me imagino al hombre, aburrido, cambiando de canal mecánicamente, pasando por las imágenes de enfermeros con mascarillas, de gotas de sangre en las yemas de los dedos, de anuncios de productos de limpieza… Hasta llegar a un canal temático de cine clásico, donde ponen Naves misteriosas (1972), aquella película de culto medio olvidada en la que el último botánico de la Tierra tiene la misión, él solo, de cuidar del último jardín del universo que flota a la deriva por el espacio exterior, en una nave con una enorme cúpula de cristal. De repente, el hombre del hotel oye algo y le quita el sonido a la tele. Escucha atentamente. Sí, parece que, en algún lugar del inmenso edificio vacío, uno de 1.400 grifos gotea.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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