Una pastilla de jabón


Visto lo visto, el ser humano va a quedar tan estúpido e inmoral como siempre. En vez de elevar la altura de miras y el horizonte existencial, sigue anclado en el «yo, mí, me, conmigo». Mucho me temo que la especie humana esté abandonándose a una felicidad de cerdo o de lobo, una claudicación que le acompaña siempre como una posibilidad tentadora.

Toda la humanidad está siendo puesta a prueba. Hemos tenido dificultades en reconocer y admitir el impacto de la actual crisis, incluso ahora. Es indiscutible que, además de buscar medicamentos y vacunas, es igualmente urgente adquirir una mayor profundidad de visión: la transformación de la interdependencia de facto en la solidaridad deseada no es una transformación automática. La lógica arrogante e ilusoria sigue vigente y trata de dar respuestas en términos de «intereses nacionales» a la crisis generada por el coronavirus, cuando lo que hay son tan solo intereses globales.

El lavado frecuente y meticuloso de las manos con agua y jabón es la mejor manera de prevenir la expansión del virus. ¿Qué pasa allí donde no hay acceso al agua potable y al jabón? No estamos hablando de costosos equipos médicos para salvar vidas, sino de agua y jabón (y detergente para lavar la ropa con unas condiciones mínimas de higiene). Un tercio de la humanidad está en esta situación, como a lo largo de estas semanas me han recordado varios amigos misioneros a través del correo electrónico.

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