La convivencia


Qué ironía. Otro día más de pandemia y de repente, darse de bruces con ese vídeo en una página web cualquiera. Pulsar un play curioso mientras en la banda sonora de los estertores de la fase 1 sobrevuela una rapsodia bohemia que se pregunta si esto es la vida real o es una fantasía. Diez años, dice al otro lado de la pantalla. Y su majestad levanta la voz para entonar una vez más que sigamos adelante, que en el fondo nada importa.

Suena un solo de talento incalculable que hace más de treinta años controlaba el mundo por unos minutos en el Live Aid. Era uno de sus últimos conciertos. Él no pudo aprender a convivir. Otro muerto en una estadística de millones de almas. Un virus tan mortal durante tanto tiempo que obligó a esfuerzos sobrehumanos en investigación, a inversiones billonarias para enseñar a evitar el contagio a una sociedad que, desinformada, mostraba a veces su peor cara. Ante el contagio y la sentencia de muerte, el estigma social. La discriminación cruel y la soledad marginada.

Un virus con el que siguen conviviendo, a su pesar, treinta y ocho millones de personas. Que aquí resurge y se alimenta de una generación que no ha vivido directamente el drama y que todavía golpea en África con una fuerza inhumana. Hoy, sí. Hemos conseguido, como sociedad, controlarla. Todos juntos, protegiéndonos, investigando hasta conseguir que los antirretrovirales la tuviesen acorralada. Qué ironía escuchar a Freddie Mercury mientras la idiocia se hace persona y falsea datos sobre el VIH para criticar el estado de alarma. No sé cuántos años han pasado, pero no me acostumbro a convivir con la irresponsabilidad de Ana Rosa Quintana.

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