El concierto de los pájaros

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

MANUEL LOURENZO BALEIRÓN

Recupero una imagen. El cuadro de Paul Klee, La maquina de trinos, pintado en 1922 que me sirve de pórtico para este articulo. En estos meses en los que transita el coronavirus por esta primavera cautiva y confinada, en estos meses en los que en la ciudad ha crecido el silencio, la naturaleza ha recobrado sus territorios legítimos y la república de la avifauna se instaló en mi jardín, donde el único ruido, sin el alborozo feliz de los niños y sus juegos, es el canto de las aves, el idioma antiguo de los pájaros.

Primero llegaron las golondrinas con su circular vuelo sinfónico poniendo un ballet al aire de abril, una danza febril e iniciática. Los gorriones, la clase obrera del viento, mermados y alicaídos parecieron recuperarse y llegaron en tropel, como los mirlos que dejaron a sus nuevas camadas debajo de mi ventana salpicando de cantos nuevos todo el mes de mayo.

Las pegas, las urracas que nunca se han ido, perseguían vigilantes y reidoras a la joven mirliada. Mientras las miraba, mucho me gustaría encontrarme con un cuervo hablador, parlanchín que me diera noticia de tesoros escondidos en algún lugar de mi tierra de nación o me contara que remedios conocía para curar este mal que trajo la enfermedad y la muerte. Sería feliz si oyera junto a mi casa, cantar al cuco un día 3 de abril, o 5 o 7 que lo mismo da.

Escucho cada mañana el concierto de los pájaros y cuando alzo la persiana, me parece estar oyendo le merle noir de Messiaen o el lenguaje de los pájaros de Sibelius, y pienso que de Vivaldi a Stravinski, de Beethoven a Malher, toda la música culta es una partitura sonora del cantar de la aves. Y solitaria está la lavandeira como una oropéndola perdida que hizo estación junto al camelio mayor del jardín. No ha venido el ruiseñor que dejaba que sus trinos anunciaran las amanecidas, pero no desisto escucharlo antes que llegue San Juan y traiga el verano. Es la cara amable de un encierro domestico, de una alarma alarmante que dejó la ciudad sin automóviles y devolvió los pájaros a sus espacios naturales. Limpió de ruidos las calles y purificó el aire llenándolo de los cantos antiguos y olvidados que nutren el lenguaje de los pájaros, la otra lectura de un cantar de los cantares. Al asomarme a mi balcón he visto bailar a una mariposa blanca.