Memorables


«La mayor parte de los héroes son como ciertos cuadros: para contemplarlos no se deben mirar demasiado cerca». La Rochefoucauld. Uno de los aspectos más repugnantes de la información es cuando esta se utiliza para visualizar el espanto. No aporta nada a la noticia mostrar las imágenes de las víctimas de un accidente, de una guerra, de un atentado o de un crimen. Recuerden que cuando cayeron las torres gemelas los medios de comunicación no mostraron un solo muerto, como no se muestran los cadáveres de un accidente aéreo. Pero otra cosa igualmente deleznable es deshumanizarlos reduciéndolos a un número variable.

La vida de los muertos está en la memoria de los vivos. Para eso, para no olvidarlos, existen los símbolos, las banderas a media asta, los crespones negros, los minutos de silencio, las estatuas, los memoriales...

Una de los aspectos más insólitos y siniestros de esta pandemia es la de ser una calamidad sin muertos ni memoria; salvo la ceremonia de cierre de los tanatorios improvisados en el palacio de hielo y la ciudad de la justicia de Madrid con la ministra de Defensa al frente, solo algunas autoridades han desafiado el silencio del olvido y el cobarde velo de la verdad. Aún me rechina en los oídos el comentario del alcalde de Valladolid desdeñando lucir la bandera con crespón a media asta en el ayuntamiento porque: «total ¿para qué? si la gente no puede salir a la calle y no pueden verla». No hay calificativo para semejante indignidad. Por eso, cuando amaine, habrá que comenzar a levantar monumentos a los sanitarios caídos en combate desigual, estatuas a Amancio Ortega, memoriales a nuestros ancianos y no habrá ninguna de dirigentes memorables donde puedan cagarse las palomas.

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