Decían las crónicas que iba a ser un «extraño Primero de Mayo». Bueno, no tanto. Fue el Primero de Mayo que correspondía al riesgo de hacer concentraciones humanas, de las que siempre salió el mayor número de contagios. La prohibición estaba, además, avalada por el Tribunal Constitucional, que antepuso el derecho a la salud al derecho de manifestación. Pero fue un Primero de Mayo algo triste: donde siempre había pancartas y banderas de los sindicatos -y alguna republicana- ayer lucía limpio el asfalto. Donde había gritos y consignas, ayer hubo el silencio. Donde había discursos, no pudo haber otra cosa que entrevistas a los líderes, el artículo de ritual, reportajes nostálgicos y lo que se llama «celebración virtual». Bastante más ruido, en todo caso -y que Inés Arrimadas me perdone la comparación-, que en la asamblea de Ciudadanos.
A lo mejor, los sindicatos tuvieron suerte. En primer lugar, porque se libraron de la contabilidad de asistentes y de ese titular cansino que dice que los sindicatos pierden poder de convocatoria. Siempre salían malparados, porque los obreros de los últimos tiempos tienen coche y segunda residencia y conocen el camino de las playas. Este año no se pueden buscar parecidos ni diferencias. Es como una tregua estadística.
En segundo lugar, porque la fiesta del trabajo es una fiesta altamente reivindicativa y este año, ay, no había contra quien protestar. En la misma mañana, las ministras de Economía y Hacienda habían comunicado las previsiones económicas que antes habían presentado a Bruselas y con solo dos datos sumían al país en una nueva depresión: caída de la actividad, 9,2 por ciento; empleos destruidos, dos millones; porcentaje de paro, 19 por ciento. Un drama anunciado que se aproxima a los peores pronósticos de organismos internacionales, gabinete de estudios y el propio Banco de España. Pero ¿a quién echar la culpa? Tendría que ser al coronavirus. ¿Y qué decirle al Gobierno? Nada, porque si algo distingue a este Ejecutivo es una pelea interna por ver cuál de sus dos facciones es más social y si alguna frase tienen los ministros -y ayer la repitió la vocera María Jesús Montero -es «que nadie se quede atrás».
Primero de Mayo del silencio en la calle. Primero de Mayo prohibido otra vez por una dictadura, pero es la dictadura de un virus, más poderoso que cualquier sátrapa que quede en el mundo. Primero de Mayo virtual, como casi todo empieza a ser virtual en las instituciones, en los partidos, en la ciencia, en los espectáculos, en la relación social. Y para el Gobierno, un sedante: se libró de que hoy estuviésemos discutiendo si habían asistido más ministros del PSOE o de Podemos. Que esa es otra, tal como anda la coalición.