La estafa de la «nueva normalidad»

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Jose Maria Cuadrado Jimenez | Efe

«Si hubiera aceptado las exigencias de Pablo Iglesias, hoy sería presidente del Gobierno. Pero sería un presidente que no dormiría por las noches». Así argumentó Pedro Sánchez su rechazo a un Ejecutivo de coalición con Unidas Podemos. Luego, tras el batacazo electoral de ambos, se negó a sí mismo aliándose con Iglesias y lo justificó diciendo que a lo que se refería es a que no dormiría si Unidas Podemos gestionase ministerios de Estado. Cinco meses después, son millones los españoles que no duermen al comprobar que, en medio de la situación más grave que ha vivido España en décadas, Iglesias no solo es el hombre más poderoso del Gobierno sino que, con la aquiescencia de Sánchez, ha reducido a la categoría de figurantes a todos los ministros que tratan de plantarle cara.

Ya no es que, en contra de lo que dijo Sánchez, Iglesias maneje y controle asuntos de Estado, incluido el CNI, sino que ataca diariamente desde el Gobierno al propio Estado de derecho. Tacha de prevaricadores a los jueces; demoniza a la prensa; trata de cercenar la libertad de información y de expresión; promueve y jalea los ataques al jefe del Estado; amenaza con acabar con la libertad de empresa mediante nacionalizaciones; reparte carnés de democracia; dicta qué partidos deben formar parte «del futuro de la sociedad» y cuáles no; usa los medios públicos para dar mítines desde Moncloa y, a través de su ministra de Trabajo, declara perdida la temporada de turismo, causando un daño enorme al sector. El propio Iglesias se encarga de decirnos que él y solo él decide cuándo, cómo y a qué edad pueden salir los niños españoles a la calle.

Podemos ha visto en esta crisis y en la debilidad y falta de liderazgo de Sánchez la oportunidad para imponer su concepto bolivariano del Estado, acabar con la división de poderes, desguazar el régimen del 78 y poner los medios de producción al servicio de los planes del Gobierno. En medio de una pandemia que ha matado ya a 23.500 españoles y ha dejado sin empleo a más de dos millones de personas, el país está gobernado de facto por alguien que obtuvo el 12,8 % de los votos y tiene el 10% de los diputados del Congreso. Y un Sánchez incapaz e inoperante le sigue el juego secundando la estafa de que no aspiramos a recuperar las libertades, sino a una «nueva normalidad», dando así por hecho que el Estado de derecho que hemos conocido nunca volverá.

Tras 45 días de confinamiento, mi hija decide que la periodista es ella y me entrevista. Entre sus preguntas, certeras y directas como balas, dos que me hacen entender que la pandemia no puede ser la excusa para que su generación se resigne a renunciar en el futuro a uno solo de sus derechos. «¿Qué habría sido distinto con otro Gobierno?». «¿Ya nada será igual?». Honestamente, no puedo garantizarle que con otro al mando no hubiera habido también graves errores. Pero sí que, después de salvar vidas, el objetivo de cualquier Ejecutivo debe ser recuperar cuanto antes nuestras libertades, nuestro modelo económico y nuestro Estado de derecho, y no intentar acabar con ellos.