Los ancianos desamparados


Cuando era preadolescente -lo que entonces se llama simplemente «ser un chaval»- se me ocurrió meterme en la Cruz Roja. Mis motivaciones no eran nobles ni solidarias: solo quería aprender a tocar la gaita. El gran Seivane me había hecho una de boj con incrustaciones de marfil, pero yo no sabía tocarla, y en la Cruz Roja de la Juventud de Lugo había un grupo de gaitas y tambores. Así que me afilié.

Éramos cuatro: Rafael Prados, Paco Abuín, un primo suyo que tocaba el bombo y yo. Ensayábamos en un garaje del popular barrio de A Milagrosa, donde nos teníamos que hacer a un lado cada vez que entraba una ambulancia a que los soldados le dieran una manga riega. Nuestro repertorio era extraordinariamente limitado: la Muiñeira de Chantada, el Fuches tu, y para de contar. Tocábamos regular. Pero no importaba mucho, porque nuestro público, dicho sea con todo el cariño, estaba medio sordo.

Nuestro público eran los ancianos desamparados del asilo de las monjas. Así se les llamaba, «ancianos desamparados», y eso es exactamente lo que eran, las dos cosas. En el bar Anda había una peña para reunir dinero y comprarles tabaco a los viejos -eran otros tiempos-, y a nosotros nos tocaba la misión de ir los fines de semana a alegrarles la mañana.

Si se la alegrábamos a todos es debatible. Los había que se quedaban como si nos observasen desde un lugar inaccesible. Alguno incluso se tapaba los oídos y cerraba los ojos con un gesto de asco que habría que interpretar como una certera crítica musical. Pero la mayoría movían la cabeza, o el pie, al ritmo de aquel ruido atronador que a ellos les debía llegar como una melodía lejana. Lejana no solo porque quizá apenas la oían, sino porque a lo mejor despertaba en ellos recuerdos de fiestas, juventud y amores. Luego íbamos a la parte de las ancianas con un tocadiscos de aquellos que sorteaba coñac Fundador, y les poníamos sencillos de Boney M, que era lo que se llevaba entonces. Así que aquellas mujeres, siempre más animosas que los hombres, bailaban al ritmo de Daddy Cool y de Ma Baker, que era la exaltación de una anciana delincuente y asesina. Pero daba igual, porque entonces nadie sabía inglés. De vez en cuando, una monjita aparecía empujando una silla de ruedas en la que iba hundida una señora ancianísima. En su rostro arrugado como una uva pasa ya no quedaba más que una sonrisa. La señoriña nos miraba un rato y luego se la llevaban. Y la sonrisa se iba con ella.

No sé cuándo empezó la sociedad a olvidarse de los viejos. Yo creo que fue cuando dejamos de llamarles «viejos» y empezamos con esa bobada de la «tercera edad» -siempre hay que desconfiar de los que quieren cambiar el lenguaje, les suelen preocupar más las palabras que las personas-. Para ser justos, tampoco yo, a pesar de ir allí durante años, llegué a darme cuenta de que aquel asilo era un lugar sagrado, el punto exacto por el que pasaba la línea divisoria de la vida y la muerte. Los jóvenes no piensan en esas cosas -y ya dije que yo no era solidario, solo quería aprender a tocar la gaita-.

Me di cuenta después. Mucho después. Concretamente, la semana pasada, mientras seguía las informaciones sobre todas esas muertes que va dejando el virus a su paso por las residencias de ancianos, ahora más desamparados que nunca, sin una mano que les coja la suya y no tenga el tacto del látex ni un pariente que pueda velarlos de cerca. Y, puesto que a la hora de escribir este artículo ni siquiera tienen un gobierno que les quiera dedicar un minuto de silencio, yo les dedico aquí el mío, y les invito a ustedes a que se sumen. Hagámoslo, respetuosamente, en este momento.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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