Duelo sin despedidas


Son tiempos difíciles que nos toca vivir con el aislamiento por el peligro del contagio rápido y masivo de coronavirus. Además de llevar la vida en el día a día, está el afrontamiento de la muerte de familiares y amigos, por esta pandemia y por otras muertes que se están produciendo a causa de enfermedades que ya estaban ahí: oncológicas, cardiovasculares, respiratorias, y por causas naturales.

Con las medidas de prevención y protección para la contención del COVID-19, cuando se produce un fallecimiento, el aislamiento total de los enfermos impide a familiares y amistades el acompañamiento o las visitas. Esta prohibición por causa de fuerza mayor y contra nuestros deseos y sentimientos, nos derrota y exige un esfuerzo muy grande y doloroso para despedir al ser querido. Sentir el dolor sin el consuelo del contacto físico, sin abrazos, besos… nos deshumaniza; ir acompañados por un número muy limitado de personas para acudir al tanatorio o cementerio, mantener una distancia de 2 metros entre familiares, una persona por coche para los desplazamientos genera angustia y tristeza.

No hay respuestas para nuestros ¿por qué?, ni posibilidad para: «podría, si hubiera…» Solo podemos seguir las normas y el protocolo para evitar un mal mayor: la propagación del virus, la saturación de hospitales y la capacidad de dar respuesta sanitaria (cualquiera de nosotros puede enfermar). Nuestras emociones y sentimientos de impotencia, malestar, rabia, ira y negación son normales en cualquier situación de duelo, pero mucho más acentuados en estas circunstancias, lo que nos exige un esfuerzo mayor para sobreponerse a la pérdida. Solo nos queda el consuelo de que el personal sanitario ha hecho todo lo posible por sanarlos, aliviar el malestar y acompañarlos.

Será de gran ayuda, comunicarse con familiares y amigos por teléfono, vídeo llamada o vídeo conferencia, para poder compartir nuestro dolor y recibir el apoyo que tanto necesitaremos, aunque sea distanciado.

Los rituales de despedida no pueden realizarse, pero podemos tener ceremonias simbólicas que nos permitan desahogar nuestro estado emocional y cerrar temas pendientes o inconclusos, perdonando y perdonándonos a nosotros mismos. Escribir una carta, un diario… que nos posibilite expresar pensamientos y sentimientos hacia la persona fallecida o expresar nuestras emociones con una fotografía u objeto personal de valor sentimental, desahogando la pena y expresando lo que nos hubiera gustado decirle. Todo esto nos ayudará en el proceso de duelo.

A los niños y adolescentes es conveniente informarles a través de los padres o de la persona más próxima emocionalmente de lo que está sucediéndole. Hay que contarles lo ocurrido y de modo adecuado a cada edad. Para algunos será la primera experiencia de pérdida de un familiar, por lo que tendremos de hablar de la realidad de la muerte, de lo inevitable e imprevisible que puede llegar a ser. Siempre dando importancia a la vida y la suerte que hemos tenido de compartirla con la persona que ahora no estará con nosotros, pero que siempre llevaremos en nuestro recuerdo y nuestro corazón. También debemos permitirles expresar sus dudas, emociones y sentimientos y tratar de responder a sus preguntas, aunque a veces no tengamos respuesta para algunas. Ayudarles en la despedida y proceso de duelo, sugiriéndoles que escriban una carta, poema, mensaje… o realizar un dibujo como despedida, para aliviar el dolor y la tristeza.

Nunca es tarde para una despedida grupal y/o social. Cuando termine el aislamiento podremos hacer una ceremonia y reunión con familiares y amigos: encuentro religioso, visitar el cementerio, recoger y depositar las cenizas … pudiendo despedirnos en compañía, lo que nos proporcionará serenidad y bienestar para sobrellevar la pérdida y convivir con el recuerdo, aceptando la situación para poder conectarnos y seguir con la vida.

Mientras dure este confinamiento, tendremos que seguir con la rutina diaria, adaptándonos, sintiéndonos útiles y propiciando el diálogo y la comunicación, reforzándonos en la unión, el cariño, el apego y solidaridad que nos dará confianza y fuerza para seguir.

Por Olegaria Mosqueda Bueno Psicóloga del Grupo de Intervención Psicolóxica en Catástrofes e Emerxencias del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia

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