Pactos de la Moncloa y Plan Marshall


No tenemos la fórmula, pero sí el eslogan para reconstruir el país: Pactos de la Moncloa y Plan Marshall. El mensaje que se pretende transmitir parece claro: consenso político y social, y lluvia de millones. Podemos expresarlo con el clásico tópico: debemos remar todos juntos. Gobiernos y oposición, empresarios y trabajadores, la Europa del norte y la Europa del sur. Entiendo el propósito del eslogan, pero dudo que cale. Incluso cuestiono su utilidad: la unidad siempre da fuerza y el dinero ni te cuento, pero para hacer qué.

Los acuerdos de la Moncloa se firmaron en 1977 para combatir la estanflación: letal combinado de inflación y desempleo. Precios disparados, oleada de huelgas, multiplicación de parados y riesgo de abortar la transición política. El Plan Marshall, desplegado entre 1948 y 1951, contribuyó a la reconstrucción de la Europa devastada por la guerra. Estados Unidos trasvasó 14.000 millones de dólares de la época a los países aliados. El plan suponía también una sabia rectificación del infame Tratado de Versalles que, después de la contienda de 1914, impuso draconianas reparaciones de guerra a Alemania, desmanteló su industria, desmembró su territorio y alfombró la llegada del nazismo.

Los pactos y el plan fueron dos experiencias positivas para España, para Europa y para las empresas estadounidenses. Aunque conviene no mitificarlos. España esquivó la bancarrota, pero dos años después, a raíz del segundo shock del petróleo, recayó en la recesión. Europa inició una etapa de crecimiento y prosperidad sin precedentes, pero fue Alemania, y no las principales beneficiarias del plan -Reino Unido y Francia-, la primera que levantó cabeza. Tampoco glorifiquemos ni subamos alegremente al pedestal a quienes tomaron aquellas decisiones. A Suárez lo empujó la necesidad, Felipe González se sentó a la mesa a regañadientes -solo después de que Carrillo aceptase el envite-, Fraga no firmó el acuerdo político y el presidente de la CEOE rechazó el acuerdo económico. Tampoco George Marshall ni Harry Truman eran, tres décadas antes y un océano por medio, filántropos ni hermanitas de la caridad.

Ni la naturaleza ni el contexto de esta crisis guardan semejanza alguna con las crisis precedentes. Será más brutal probablemente, pero distinta. Las recetas para combatirla no se encuentran en los Pactos de la Moncloa ni en el Plan Marshall. Esas referencias históricas solo sirven, en todo caso, para subrayar la mejor manera de afrontar cualquier crisis: la unidad de acción y la solidaridad. Pero si de eso se trata, no necesitamos remontarnos a la posguerra mundial o a la predemocracia española. Bastan las palabras de Rui Rio, líder de la derecha de Portugal, que estos días inundan las redes. Su versión de un Plan Marshall actualizado: o Europa actúa unida o «tendrá a medio plazo problemas muy serios». O su traducción de los Pactos de la Moncloa al portugués: «Señor primer ministro: en todo lo que podamos, ayudaremos. Le deseo coraje, nervios de acero y mucha suerte. Porque su suerte es nuestra suerte». Así habló un estadista.

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