CoronaMatemáticas


Todos estamos luchando contra esta pandemia y hablamos de ella. No voy a ser menos. Nuestro presidente del Gobierno, junto a otros ocho líderes europeos, ha solicitado al Consejo de la UE la emisión de «coronabono» contra la crisis desatada. Después del magnífico artículo de mi querido Manuel de León (Matemáticas para entender este virus, LVG 13-3-20) queda poco que añadir sobre la importancia de las ciencias básicas y en particular de las matemáticas en la lucha y predicción de las epidemias. De hecho la comunidad matemática española acaba de lanzar el programa «Acción Matemática contra el Coronavirus» a fin de poner a disposición de las autoridades nuestra capacidad de análisis y modelización por si fuera útil para comprender el problema que estamos sufriendo con el COVID-19.

John Snow, un médico inglés de la primera mitad del siglo XIX, marcó sobre un plano de un distrito de Londres los casos de cólera cuya causa no se conocía. Su detallado estudio y dedicación le llevó a un pozo de agua, lo que le permitió conjeturar que el cólera se transmitía por beber agua contaminada. Como ocurre en muchas ocasiones, no le prestaron demasiada atención y las medidas preventivas sugeridas por el doctor Snow no se implementaron hasta después de su muerte. En el caso del coronavirus se han tomado medidas sanitarias drásticas, pero desde luego necesarias.

Los modelos matemáticos contribuyen a conocer la dinámica de una epidemia o a revelar factores desconocidos de la misma. Todos hemos experimentado alguna situación de contagio en nuestro entorno (gripe, piojos, varicela, etcétera), por lo que de alguna manera somos capaces de ver qué sucede y cómo debemos actuar, lo que no deja de ser un modelo sencillo e intuitivo de la evolución de un proceso contagioso. A los matemáticos nos corresponde formalizar rigurosamente esas impresiones. Así, por ejemplo, con un conjunto de ecuaciones diferenciales, el premio nobel de medicina en 1902, sir Donald Ross, infirió que la malaria se transmitía por un mosquito.

Hoy en día tenemos claro que el consumo de tabaco aumenta el riesgo de padecer cáncer de pulmón, pero no fue hasta 1956 que se presentaron evidencias estadísticas de ello. Antes, fumar era considerado incluso saludable.

Recuerdo ahora mi visita en 1982 a la Universidad de California en Berkeley, de la que es profesor emérito nuestro ministro de Universidades, ya que a principio de los años ochenta del siglo pasado aparecieron en San Francisco los primeros casos de una patología desconocida. Resultó ser el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA). Se desconocía su origen y cómo se transmitía. Una ingente labor de investigación a todos los niveles y de carácter mundial permitió descubrir el virus VIH causante del SIDA por parte del francés Luc Montaignier, premio nobel de medicina en el 2008, así como descifrar los mecanismos de transmisión.

La modelización matemática nos proporciona herramientas para predecir la evolución del número de infectados, hospitalizados y fallecidos a fin de que las autoridades sanitarias tomen las oportunas decisiones. Seguro que los distintos modelos epidemiológicos nos permiten entrever algún factor desconocido de la propagación del COVID-19. Ahora es tiempo de prepararse para cuando alcance su máxima virulencia, el famoso «pico», y de que aprendamos de este doloroso episodio de nuestras vidas. Por el momento solo me atrevo a dar dos consejos: sigamos las indicaciones de las autoridades sanitarias e invirtamos en conocimiento.

?Los modelos matemáticos contribuyen a conocer la dinámica de una epidemia o a revelar factores desconocidos de la misma.

Por Juan José Nieto Roig Catedrático de Análisis Matemático de la USC, Real Academia Galega de Ciencias

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