Era lo que faltaba

Xosé Ameixeiras
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

01 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Un amigo versado en arqueoastronomía vio estos días de confinamiento que la luna creciente se situó en la Puerta Dorada, entre las Pléyades y las Híades y, para empeorar las cosas, mientras teletrabajaba tranquilo con su ordenador sobre una mesa en un alpendre, se le cayó una serpiente del techo, que es como decir del cielo. Y a metro y medio de distancia. Se llevó un susto taquicárdico. Parecía una víbora de Seoane, pero pronto vio que era una inofensiva Coronella austríaca. El ofidio dio con un individuo sensible, pues otro podía sacrificarlo y echarlo a los cuervos. Él no. Indultó la culebra y la condujo a un zarzal próximo. Cuando éramos niños, bien mentalizados por el senado de la tribu, mirábamos las sierpes como emblemas del mal. Cuando encontrábamos en un camino un reptil ejecutado por brazos adultos, lo mirábamos como si tuviese poderes sobrenaturales y calibrábamos su peligro. Tiempos. Pero ya hay que ser aristócrata de la vida para, a estas alturas, poder disfrutar de la reclusión en un alpendre con verde alrededor y que una culebra venga a ponerle alicientes al encierro, mientras los demás mortales tengan que sufrirlo en cuatro metros cuadrados de parqué y baldosa. Frágiles, víctimas del bicho y de la precariedad a la que nos sometieron los rigores ultraliberales de los últimos decenios que reblandecieron el estado del bienestar. Y eso pese a las advertencias del Center for Strategic And International Studies, al que no hicieron ni caso. Dedicaron los erarios a cañones o vete a saber a qué y nos dejaron sin respiradores, sin mascarillas, sin batas y sin dignidad. Y ahora vienen el halcón hanseático de Hoekstra y el supremacismo calvinista con más aceite de ricino. Era lo que faltaba.