El culto a la vida

Segismundo Garcia EN LIÑA

OPINIÓN

David Zorrakino | Europa Press

24 mar 2020 . Actualizado a las 11:41 h.

Defienden la inmensa mayoría de los «cultos y/o estudiados» del planeta que la vida es un bien supremo que todos debemos respetar y resguardar. Pero no siempre fue así. Filósofos y pensadores de todos los tiempos y de todas las culturas discutieron y reflexionaron sobre cuál podría ser el summun bonum o fin último que todos los hombres deberían perseguir, difundir y proteger; y desde los utilitaristas hasta los hedonistas, desde Cicerón hasta Kant, las respuestas nunca fueron unívocas, pero sí más elaboradas que el actual culto a la vida (sin más, es decir, vivir por vivir).

En los últimos decenios parte de la humanidad nos hemos acostumbrado a vivir en eso que denominamos estado de bienestar, en donde la incertidumbre, el sufrimiento o la tribulación están proscritas. Sin reparar que la vida es también eso, y, finalmente, coronada (nunca mejor utilizado el participio) por la enfermedad y la muerte.

Por eso nos asustamos cuando la enfermedad llama a nuestras puertas, y, hasta el extremo de quedar paralizados, cuando desconocemos la causa y el remedio. Pero desde el cólera hasta el tifus, las pandemias han diezmado y reconformado las organizaciones sociales a través de los tiempos. No se puede entender la conquista de América sin las infecciones que los europeos propagamos entre los indígenas.

La humanidad peca de soberbia y engreimiento y mitifica la vida como un valor en sí mismo. Está equivocada: la vida es un misterio y el hombre un transeúnte fugaz, transportista de infinidad de virus y bacterias que, mientras vive, mata el tiempo en juegos, quimeras, emprendimientos y contiendas hasta que un cataclismo o un microbio aguerrido le devuelve a su realidad existencial, haciéndole ver lo insignificante de su vida y lo absurdo de la mayoría de sus desvelos (anda por ahí una niña predicando el fin del mundo -con mucho éxito de público- que, imagino, ahora, reconducirá sus advertencias y admoniciones).

Lo que nos acontece con este coronavirus ya ocurrió en otros tiempos y volverá a suceder en el futuro. Cambia el enfoque y el método: ahora no atribuimos la desgracia al enfado de los dioses, ni rehuimos el trato con el apestado. Todo un avance. Pero las medidas preventivas que han tomado nuestros gobernantes nada tienen que envidiar a las sobrevenidas en tiempos de guerra. Cerrar el comercio, tapiar las fronteras, impedir las comunicaciones colapsará un sistema que, con sus imperfecciones, funcionaba y generaba en grandes capas de la población el tan ansiado bienestar.

Ya hay quien pretende aprovechar el shock para cambiar las reglas y normas de la organización social según su conveniencia ideológica. Pero no es fácil replantear un sistema y que no haya trastornos y quiebras sociales. El que los engranajes y pactos colectivos funcionen es una labor ardua que ha requerido años de análisis y tanteo. La reanimación del sistema será laboriosa, lenta y muy costosa. Por eso, quizá, los gobernantes hubiesen estado más acertados si ante el reto infeccioso hubieran concentrado recursos en intentar paliar la calamidad allí donde se produzca, pero permitiendo que la actividad humana fuese acompasando su ritmo a la magnitud de la hecatombe.

Para eso, naturalmente, tendríamos que tener autoridades que examinasen la situación con criterio, contasen la verdad, y supiesen liderar los malos tiempos sin subterfugios propagandísticos. Es decir, sin ver héroes donde debería haber profesionales que cumplen con su deber, ni posibles víctimas en donde van a aparecer miles de muertos.

Y también la población debería asumir que en tiempos de zozobra y adversidad hay que hacer de la necesidad virtud, no reclamar lo inviable y asumir las carencias y deficiencias que por desgracia acompañan a las calamidades, procurando sobreponerse al infortunio.

Pero paralizar el país (y el planeta) ni va a solucionar la epidemia, ni va a facilitar la pronta recuperación del sistema.