El que tenga que morir, que muera


Si alguien tenía todavía dudas, si alguien pensaba que por salir a pasear no pasaba nada, o por quedar en el parque con los amigos no pasaba nada, si alguien veía todo esto exagerado, qué es eso de cerrar bares y tabernas, qué es eso de estar en casa, que vean la cara que se le ha quedado a este señor aprendiz de Trump. Cuando el mundo se contagiaba, Boris Johnson, primer brexiter del Reino Unido, andaba a otras cosas: no me molestéis con fiebres y catarros, el que tenga que morir que muera. Uno de los grandes negacionistas se mesa ahora la cabellera con preocupación, visto el panorama, también en su isla. No hay brexit ni economía que resista el coronavirus. Quizá hayamos encontrado el antídoto de la estupidez, y los británicos no olviden que mientras sus mayores —experiencia, sabiduría, tesoro de un pueblo— se contagiaban y morían, Boris solo se preocupaba de tomarle la temperatura a sus libras esterlinas.

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