Diario de una pataca


Hola, soy una patata. Cuando uno nace bajo tierra y le ponen de nombre «tubérculo» sabe que su vida no va a ser fácil. He viajado por todo el mundo alimentando a millones de personas, he sufrido ataques de plagas que han acabado con parte de mi familia, pero, como emigrante, siempre pensé que valdría la pena. Hoy no valemos nada y cada cosecha me planteo si este largo viaje sirvió para algo.

Procedo de una familia numerosa que se asentó en los montes de Perú y Bolivia; allí aun viven hoy dos centenares de primas. De pequeños apenas nos prestaban atención, pero la escasez de frutos silvestres forzó a los habitantes del altiplano andino a arrancar de raíz los tubérculos para alimentarse. Así, a lo largo de siglos, se fueron seleccionando mis parientes con tubérculos más grandes.

Como muchos otros emigramos a Europa con ilusión, donde, creo recordar, nos extendimos a partir de los siglos XVI y XVII. En esa época teníamos familia en Prusia, España, las islas Canarias y hasta en Inglaterra e Irlanda. El comienzo en Europa no fue malo, fuimos bien recibidos y contribuimos junto con otros emigrantes al sustento de la creciente población europea.

El nuestro fue uno de los primeros cultivos americanos que los españoles introdujeron en Europa, y supuso una auténtica revolución en su agricultura. Gracias a nosotras se incrementó de forma muy notable la cantidad de alimento que los campesinos europeos podían generar, particularmente en zonas donde hasta entonces la agricultura del cereal no era viable. Entre 1700 y 1900 se triplicó la población del mundo, una explosión demográfica que, según investigadores de la Universidad de Harvard, se debió principalmente a la patata.

Nuestros problemas comenzaron en el invierno de 1846 en Irlanda. En el año anterior buena parte de mi familia fue arrasada por un hongo y la escasez de alimentos costó la vida a millones de personas. Ese episodio, que llaman la Gran Hambruna, provocó la muerte de dos millones de irlandeses y empujó a otros tantos a volver a América en busca de una nueva vida.

Se cree que barcos cargados con detritus de aves marinas procedentes de las costas peruanas y chilenas trajeron a Europa el hongo Phytophora infestans, como nosotros un emigrante, pero responsable directo de la enfermedad conocida como tizón tardío o mildiu de la papa. A partir de ahí nuestras vidas dependieron de las orugas, áfidos, polillas, etcétera; un auténtico sinvivir, sin embargo decidimos seguir aquí.

Hoy, las que nos quedamos en el noroeste de España, patacas, no sabemos qué hacer; casi nadie quiere cultivarnos. Apenas tenemos descendencia y familias procedentes de Francia, Holanda o Egipto invaden la Península. Los agricultores españoles nos venden a 0,15 céntimos de euro el kilo y en las superficies comerciales están a 1,20; muchas noches nos preguntamos qué pensarían nuestros antepasados y si deberíamos regresar al altiplano andino.

¡Qué difícil es ser un tubérculo!

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