Semillas de palmeras


Me contaban hace unos días mis amigos Fernando e Issa cómo se habían visto obligados a hacer talar las palmeras que custodiaban la entrada de la casa que tienen en el Barbanza, no lejos de Ribeira. Durante años, esas palmeras habían escapado milagrosamente a la plaga del picudo rojo; pero finalmente han caído, literalmente envueltas en la palma del martirio. En su lugar han quedado unos tocones que, a diferencia de la mayoría de los árboles, no cuentan su vida en forma de anillo -porque la palmera, como una gran señora de las de antes, oculta su edad. O, para ser exactos, la palmera no es técnicamente un árbol, sino una planta gigantesca, o incluso se podría considerar que es una hierba, y de ahí, seguramente, que atraiga las plagas tan fácilmente.

Dice la leyenda que todas las palmeras de España salieron de un saquito de semillas que traía consigo Abderramán I cuando desembarcó en Almuñécar para fundar su emirato, enfermo de nostalgia por Damasco, de donde había logrado huir de la masacre de su familia. No es cierto, siempre ha habido palmeras en la Península. Sin embargo, el picudo rojo ha copiado la leyenda, y él sí ha entrado por Almuñécar; solo que, en su caso, ha sido para destruir las palmeras en vez de para difundirlas. Ha ido subiendo lentamente en las últimas décadas, arrasando palmerales a su paso, y ya hace tiempo que está en Galicia, donde se ha ensañado especialmente con la provincia de Pontevedra. En A Coruña, acabó con una palmera de ciento treinta años que había frente a la Casa de las Chinchillas, y a la que yo tenía un cariño especial porque la veía casi todos los días cuando vivía en Oleiros. A finales del año pasado se decía que el picudo ya estaba atacando a uno de los ejemplares que hay en los jardines de Méndez Núñez.

Es una lástima, porque la palmera, en Galicia y en Asturias, es una declaración de nostalgia y sofisticación, un capricho exótico que se generalizó a raíz de la emigración a América. Evocaba Cuba y el éxito, y en los días de calor del verano su sombra redonda facilitaba los recuerdos. Viendo algunos especímenes, da la impresión de que quienes las plantaron no imaginaban que crecerían tanto, porque las hay que son ciclópeas como las del cuento de Jack y las habichuelas mágicas, el testimonio hipertrofiado de un mundo que ya no existe más que en las letras de las habaneras.

Mientras tanto, leo que en Israel unos botánicos han conseguido hacer crecer un ejemplar de Palmera de Judea, que se consideraba extinta desde hace siglos. Lo han hecho a partir de unas semillas de hace dos mil años que aparecieron dentro de una vasija en una excavación arqueológica. Esta era la palmera que abundaba en Jericó, y cuyos frutos decía Plinio que eran de una dulzura extraordinaria, la que se menciona en el Cantar de los cantares, la que dio nombre a las hijas de los reyes de Israel (Tamar, Tamara), la que inspiró a los egipcios la invención de las columnas, cuya forma conservaron mucho tiempo. Es la imagen que se le viene a la cabeza a Ulises cuando ve a Nausícaa en la Odisea. En fin, se puede conjeturar que también era este el mítico árbol del Paraíso, puesto que en ningún lugar del Génesis se dice que fuese un manzano ni podría serlo en Oriente Medio. Recuerdo que, hace muchos años, en un día de calor sofocante, probé yo los dátiles de Jericó, y pensé que esta hipótesis bien pudiera ser correcta y este el sabor del pecado.

¿Podrá la plaga con las palmeras? Confiemos en que no. Después de todo, en la iconografía, la palmera es, entre otras cosas, un símbolo de la inmortalidad.

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