Las 7:30. El despertador suena siempre a la misma hora de lunes a viernes. Pero un día a la semana, Eva altera su rutina. En lugar de desayunar y salir corriendo a la oficina, calienta café y se arregla como los antiguos presentadores de informativos: solo de cintura para arriba. Camisa planchada y pantalón de chándal. Se sienta delante del ordenador asegurándose de tener a su espalda una pared blanca, neutra, un entorno en el que responder videollamadas con la seguridad de no desvelar que ese día trabaja desde casa. Para ella esas horas son las más productivas de la semana. Gana tiempo, trabaja mejor y puede conciliar. Pero por ahora es solo un experimento voluntario al alcance de pocos, un ya veremos, la sospecha de que la idea podría salir bien, pero también hay probabilidades de que no prospere.
En China, la epidemia del coronavirus no ha dejado margen de elección. En ese escenario de estaciones y despachos desiertos, locales cerrados y población confinada, esa distopía que parece sacada de un capítulo de Years and Years, el país se ha convertido sin pretenderlo en el mayor proyecto piloto de teletrabajo que jamás ha existido. Millones de personas produciendo desde casa sin una planificación previa. Seguro que en la cultura del presentismo laboral se aprenderán muchas cosas de este ensayo cuando cuidar de la salud deje de ser la prioridad número uno.