Sánchez quiere estar a setas y a Rolex


Después de ningunear durante meses al líder de la oposición, y de tomar sin contar para nada con él decisiones que afectan al futuro de la economía, la Justicia y hasta el modelo territorial, Pedro Sánchez pide apoyo a Pablo Casado en los grandes asuntos de Estado. El líder del PSOE se ha acostumbrado no ya a sostener una idea los lunes y otra completamente distinta los martes, sino a mantener simultáneamente posiciones absolutamente contradictorias, con el único denominador común de que todas le beneficien. Desde su exigua victoria en las elecciones, no mostró jamás la mínima intención de llegar a acuerdos con el PP que facilitaran al menos su investidura. Su mantra fue formar «un Gobierno progresista que no dependa de los independentistas». Una fórmula que podría parecer razonable, pero que era solo una forma de negar la realidad, porque era matemáticamente imposible. Algo evidente para cualquier analista, pero no para Sánchez, que planteaba aprobar un programa radicalmente de izquierda y que fuera la derecha la que le permitiera aplicarlo apoyando su investidura. Una estrategia que pretendía responsabilizar al PP de su decisión de pactar con el independentismo catalán y con los herederos políticos de ETA. Primero acuerdo un Gobierno con Podemos, y luego advierto a los populares de que, si no apoyan lo que les presento ya cocinado, serán responsables de que el Ejecutivo quede a merced de los separatistas.

Esa estrategia del trágala está también detrás de la última llamada a Casado a la Moncloa. Sin contar para nada con el PP, Sánchez ha designado como fiscala general del Estado a su ex ministra Dolores Delgado y ha puesto en marcha una de las medidas más lesivas para el Estado de derecho de la reciente etapa democrática, como es enmendar la plana a la Justicia reformando en tiempo récord el Código Penal para sacar de la cárcel a los líderes del procés condenados por sedición y malversación de fondos públicos. Es decir, cambiar la ley para beneficiar expresamente a unos delincuentes que resultan ser sus socios. Y apremia ahora al PP a renovar el Consejo General del Poder Judicial para asegurarse una mayoría que avale esa indignidad, incluso aunque no necesite el visto bueno del consejo. Después de eso, y de plegarse a una incalificable mesa de gobiernos con el independentismo en la que la Generalitat anuncia que quiere negociar la autodeterminación, es el Gobierno el que acusa al PP de «no respetar la leyes de la democracia» por negarse a pactar con Sánchez si no rectifica.

Estando en minoría, el líder del PSOE ha escogido voluntariamente una ruta política peligrosísima apoyándose en los partidos independentistas. Está en su derecho. Pero lo que no puede pretender es que, con la excusa de los pactos de Estado, la derecha avale un plan que cuestiona los consensos más básicos de la Transición. Pactar simultáneamente con el líder del PP y con un independentista condenado e inhabilitado como Torra es demasiado, incluso para alguien que, como Sánchez, está acostumbrado a estar siempre a setas y a Rolex.

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