La eutanasia y el humor negro


El Gobierno, el mismo que se comprometió a constituir una mesa de carnicero para descuartizar España, se propone ahora «matar viejos» para ahorrar en gasto sanitario y en pensiones. Esa es la finalidad última, a juicio del PP y de Vox, de la proposición de ley de eutanasia que comenzó a debatir el Congreso. Alucinante, adjetivo que utiliza el amigo Ónega para describir el desvarío. Pero yo me siento aludido, porque me confieso autor intelectual de esa «política de recortes» y «ahorro de costes». Incluso me extraña, aunque me alivia, que ni el diputado del PP José Ignacio Echániz ni el propio Abascal hayan mencionado, como prueba de cargo, la propuesta que publiqué hace siete años en estas mismas páginas:

«Vivimos más tiempo que nuestros abuelos y debemos pedir perdón por ello. Entonemos el mea culpa. Con esa manía de prolongar la existencia estamos causando daños irreparables: pulverizando el sistema de pensiones e impidiendo que nuestros hijos cobren en el otoño de su vida. Afortunadamente, he dado con la solución: un programa universal de eutanasia colectiva. Dejemos que los jubilados disfruten del retiro un par de años y, después, ¡zas!, funeral y al hoyo. Invirtamos la pirámide demográfica. El superávit volverá a florecer en los campos de la Seguridad Social y nuestros hijos nos recordarán, agradecidos, con una foto enmarcada sobre la mesilla de noche».

Diré en mi descargo que no hablaba en serio. Que pretendía utilizar la ironía, decir lo contrario de lo que se quiere dar a entender, y que el Gobierno, según la derecha, acogió la propuesta en su literalidad. El humor, queridos amigos, es catártico -la humanidad inventó la risa para hacer soportable este valle de lágrimas, dijo Nietzsche-, pero también peligroso: un arma que se dispara por la culata si no la manejas con la destreza de los maestros del género. Por la misma razón, y en interés propio, necesito exculpar a los diputados del PP y Vox: tampoco hablaban en serio. Solo pretendían hacer humor más negro que el carbón. Como esa imagen macabra dibujada por Abascal, explícitamente situada en los países del norte: enfermos que huyen despavoridos por las puertas del hospital, en bata y con los cilindros al aire, para evitar que el médico les aplique la inyección letal. Estos nórdicos deben ser como los neandertales de Suárez Illana, aquellos que practicaban el aborto por decapitación del recién nacido.

Como penitencia me he impuesto no hablar de la eutanasia en vano. Para evitar malentendidos y porque el sufrimiento extremo, que lleva a una persona a buscar su muerte, no admite ironías ni sarcasmos. Ni humor negro ni blanco. Somos muchos los que reivindicamos el derecho a disponer de la propia vida y a morir dignamente. La derecha está en su legítimo derecho a oponerse. A exponer sus objeciones, sus argumentos o su alternativa. Pero acusar a la mayoría de planear una matanza de ancianos -la «solución final»: eutanasia en vez de cámaras de gas- por razones económicas solo es un chiste monstruoso y repugnante. E inmoral.

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