El último plan de paz para el conflicto entre Israel y Palestina ha pasado casi sin pena ni gloria. Sin duda, anunciado para dar un empujón a la tercera campaña electoral en un año de Netanyahu y para apagar un poco el tirón mediático del proceso de reprobación o impeachment contra Trump, apenas ha registrado el volumen de protestas que suelen generar declaraciones de este tipo. Y resulta muy llamativo que, dado su contenido, el mundo árabe no se haya echado a la calle para mostrar su disconformidad.
Pero, lo cierto es que el mundo árabe, entendido como el conjunto de países de la franja del Magreb y la península Arábiga, no es, ni de lejos, lo que era hace poco más de una década. Inmerso en la inestabilidad derivada de la contestación social y civil y de la lucha entre los suníes y los chiíes por ejercer la máxima influencia, nunca se ha mostrado tan desunido.
Siria todavía sigue inmersa en los últimos coletazos de la guerra civil iniciada en el 2011, poco después de que comenzara el movimiento de la Primavera Árabe. Libia también se debate en una guerra civil que no parece que pueda acabar hasta que el general Haftar se haga con el control total del país. A nadie parece preocupar la guerra civil en Yemen y la masiva muerte de inocentes por hambre y enfermedad. Irak apenas sobrevive ante las masivas protestas contra la corrupción, el desempleo, la falta de servicios básicos y la perniciosa influencia iraní a través del Gobierno chií, que se suceden desde octubre del año pasado.
Líbano también se encuentra inmerso en una oleada de protestas contra la ineficacia y corrupción del Gobierno sectario y los partidos que se reparten el pastel presupuestario del estado. Jordania, en bancarrota técnica, afronta las protestas en la calle contra el acuerdo gubernamental para el suministro de gas de Israel. De momento, Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto, Arabia Saudí y los Emiratos disfrutan de cierta tranquilidad, pero es un espejismo que puede saltar por los aires.
Así, la suerte de seis millones de palestinos ocupa un lugar poco destacado en la lista de prioridades. Más de siete décadas de conflicto agotan a cualquiera. Por ello, ni siquiera su penosa situación humanitaria y su asfixia resultan relevantes ante las crisis que les rodean.