Generación B de «brexit»

PA Wire dpa

Llegaron tarde y se van antes de tiempo. Lo hicieron ayer, a medianoche. Los jóvenes británicos abandonaron la Unión Europea (UE) a rastras. Se encendieron las luces de la pista de baile y allí estaban sus padres, con el reloj en la mano marcando la hora de volver a casa. Empezaron los llantos y lágrimas de despedida. Abrazos, discursos de fraternidad, himnos y bufandas de always united (siempre unidos), para imprimir más dramatismo, si cabe, a la despedida. Con lo acostumbrada que está la Eurocámara a la sobreactuación, lo extraño es que faltara el cameo de Ed Sheeran cantando Perfect para teñir la cita de la dosis necesaria de tristeza que exigía el protocolo. Sentimentalismo infértil para poner el broche a un error de dimensiones históricas que marcará por décadas a la Generación B de brexit, a un lado y otro del Canal de la Mancha.

Un error refrendado por el 58 % de los mayores de 50 años y rechazado por el 73 % de los menores de 24 años. Serán los más jóvenes los que tendrán que cargar con la hipoteca de sus padres, asumir que este divorcio no solo supondrá cargas burocráticas para los intercambios estudiantiles o colas más largas para viajar. Afectará a toda la cadena industrial, al empleo. Y a las expectativas de futuro. De su futuro. También al de una UE huérfana, para bien y para mal, de la flema, el tacticismo y el ingenio británicos, revulsivo contra el dogma alemán y el chauvinismo francés. La derrota doble en las urnas, primero en el referendo y más tarde en las elecciones de diciembre del 2019, evidencian que el brexit no fue un accidente. El voto adulto no se fundamentó en hechos o en cifras, como trataron de promover los más jóvenes y europeístas con machaconas campañas de fact-checking, sino en la sensación, no tan descabellada, de que la UE se ha convertido en un proyecto político vacuo que ya no sirve a sus intereses. Nada cambió desde que se desmontaron las mentiras de los eurófobos durante la campaña. Los defensores del divorcio siempre han estado convencidos de que la UE es un lastre. Y ya se sabe que no hay nada más fácil y rentable que utilizarla para expiar pecados patrios, de eso se quejan siempre los dirigentes comunitarios. Es una actitud que no debería heredar la Generación brexit. El victimismo y la autocomplacencia son un mal antídoto para la prosperidad y abono para la resignación, algo que también deberíamos aprender el resto de europeos. Los golpes de pecho no marcarán el camino de vuelta a la UE. Faltó experiencia y sobró ingenuidad, pero el curso de la historia se puede revertir. Eso exige compromiso y participación. Madurez para tomar el testigo y sacar al brexit de sus cuarteles de invierno.

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