Las dos batallas de Inglaterra

dpa

La naturaleza insular de Gran Bretaña condicionó su historia incluso desde mucho antes del momento en que, primero en 1707 y luego en 1800, se firmaron las Actas de Unión de Escocia e Irlanda que dieron lugar al Reino Unido tal y como hoy lo conocemos. Su alejamiento de algunas de las guerras de la Europa continental y una relativa paz interna, que permitió a los británicos prescindir de un ejército permanente mercenario en tiempos de paz, explican en no pequeña medida el temprano desarrollo industrial que acabó por convertir al Reino Unido en la gran potencia que fue desde comienzos del siglo XIX.

Pero el precio de esa insularidad, sin la que no es posible explicar casi nada de lo sucedido en Gran Bretaña, mantuvo al país en gran medida de espaldas a sus vecinos europeos, de modo que, cuando tras la catástrofe de las dos guerras mundiales, se decidió crear la CEE (1957), los británicos se quedaron al margen del proyecto, al que no se unieron hasta ¡16 años después! Lo hicieron, desde el principio, con notables reticencias, que iban a ser ya la constante que definió su pertenencia al club comunitario. Y, sin embargo…

Sin embargo, el Reino Unido fue el país que, con una coraje político, social y militar sencillamente impresionante, salvó a Europa de las garras del nazismo. Cuando su mayor parte había caído bajo la bota hitleriana, fue Gran Bretaña, la que, por boca de su primer ministro, Winston Churchill, prometió solemnemente: «Llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y en los océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla cualquiera que sea el coste, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas, ¡no nos rendiremos jamás». Y, de inmediato, en la batalla de Inglaterra, que salvó a Gran Bretaña y por la que comenzó la liberación, los británicos cumplieron su palabra. ¿Qué ha pasado para que, esa nación, central en la historia de Europa y en la salvación de las libertades que constituyen la esencia misma de nuestro continente, vaya hoy a abandonar la construcción política, económica y social más admirable de todas las que se han producido en el siglo XX por la voluntad de los dirigentes Europeos?

Esa inquietante pregunta solo tiene una respuesta: porque, para desgracia de Gran Bretaña, y de la Unión Europea de la que hoy dejará de formar parte, la política británica ha estado en uno de los momentos más cruciales de su historia en manos de unos políticos rastreros, de mirada corta o sencillamente ciegos por su miserable ambición de poder. Unos dirigentes que metieron a la sociedad británica, por decirlo así, en otra batalla de Inglaterra, en donde en lugar de aflorar, como en la de julio a octubre de 1940, lo mejor de Gran Bretaña, ha emergido lo peor de una sociedad encanallada por un política egoísta, insolidaria y, a la postre, sencilla y simplemente estúpida, ignorante y aldeana.

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