El cine de la Península


Hubo un tiempo en que los Goya homenajeaban a las víctimas del terrorismo y el presidente de la Academia se pintaba las manos de blanco en señal de repulsa. Ahora nadie se acuerda ni siquiera del concejal asesinado cuyo nombre -José María Martín Carpena, acribillado a tiros en Málaga ante su mujer y su hija de 17 años- da nombre al escenario donde se celebró la gala, y en la platea se sienta un jefe del Gobierno elegido gracias, entre otros, al apoyo de los amigos de ETA.

La ceremonia volvió al sopor de ediciones pretéritas, con un guion de chistes flojos, agradecimientos interminables, fallos técnicos, un público tenso y frío -incluyendo la cara de piedra de alguno que lo ha ganado todo y esta vez no alcanzó la gloria- y pidiendo la hora a la una y media de la mañana. Al menos no hubo demasiadas reivindicaciones, solo un momento Me Too en la entrega del premio al mejor cortometraje de ficción -las ganadoras eran dos mujeres, pero no les debió parecer suficiente y una de ellas defendió el «derecho a correrse»-; y otro surrealista, cuando Benito Zambrano elogió el «cine que se hace en la península ibérica, en el Estado español o en este país de países».

Nuestro complejo nacional es freudiano, competimos contra Holanda, Croacia o Eslovenia, pero somos La Selección, Las Guerreras o Los Hispanos, nadie dice la palabra maldita. Tuvo que venir un francés, Steve Tientcheu, que interpreta al alcalde negro en la nueva versión de Les Misérables, para cerrar su discurso con un «¡Viva España!», mientras hacía un gesto como diciendo: «Es lo normal, ¿no?». Pues no.

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