En uno de los capítulos más perturbadores de la serie Black Mirror una madre amedrentada a la que dirige Jodie Foster utiliza la tecnología para librar a su hija de cualquier manifestación violenta. Una aplicación informática pixela la visión de la niña cada vez que algo interfiere en su campo de visión lo que la instala en una placidez cosmética y le arrebata la capacidad de detectar el mal, que a ella siempre se le ha presentado oculto por una máscara de cuadrados y un sonido distorsionado.

La estrategia no puede acabar peor y representa esa obsesión compulsiva por el control y la sobreprotección que caracteriza a las maternidades modernas. Niños tutelados, vigilados, escoltados, observados, suplantados; niños tratados como las especies en peligro de extinción, considerados casi una rareza que hay que conservar en cápsulas, en burbujas que al final son cámaras de frustración para adolescentes perdidos. Padres que ejercen de guardaespaldas de sus hijos y de matones en el médico porque no cura bien al niño, en el colegio porque castigan al niño, en el parque infantil porque se le colaron en el tobogán al niño, en la cabalgata de reyes porque le cogieron los caramelos al niño, en el partido de fútbol porque el entrenador no ve lo crack que es el niño, con el catedrático de la universidad porque ha suspendido al niño.

El último artefacto es el pin parental de Vox, una herramienta de intromisión y control educativos de personas que confunden la paternidad con la propiedad.

Les recomiendo que vean el final de Black Mirror.

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