Primer baile


El baile de un nuevo Gobierno socialista empieza casi siempre con la misma pieza: cambiar las leyes de educación. Por eso casi todas las de estos últimos cuarenta años son de su firma. Deberíamos sustraer estas leyes al oportunismo político y, como en otros países, aprobarlas siempre sobre un consenso amplio y con mayorías reforzadas. El Gobierno quiere arrinconar la enseñanza de la religión o la concertada y, dentro de esta, la diferenciada porque piensa que dan votos a la derecha. Si no, les importaría poco. Y la misma clave está detrás de la reacción airada ante la propuesta del pin parental en Murcia: miedo a cultivar votos conservadores. Dicen que se pone en juego el derecho a la educación de los estudiantes, pero lo que quieren decir es que se pone en juego su capacidad de imponer a los padres determinados contenidos. Por eso Irene Montero considera una iniciativa sexista que los padres puedan decidir si sus hijos acuden a según qué actividades complementarias. Ni siquiera se trata, como es lógico, de las regladas.

Se entiende bien, pero como se calla el verdadero motivo, da igual aducir las ventajas de la diferenciada en resultados de igualdad. Las chicas de la diferenciada, por ejemplo, eligen más carreras científicas y tecnológicas. Debería gustarles, pero siempre la considerarán sexista, porque juzgan con criterios de otra época, de tiempos idos hace mucho: los de los internados de señoritas.

Es imposible rebatir lo que se calla, lo que no se dice: que está en juego el miedo a perder la siguiente generación de votantes si se deja la educación en manos de los padres. Y lo demás, me temo, intenta disfrazar este motivo brutal con palabras altisonantes.

@pacosanchez

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