Leandro está enganchado a su móvil

José Antonio Flórez Lozano EN VIVO

OPINIÓN

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18 ene 2020 . Actualizado a las 09:23 h.

Niños, jóvenes y adultos son adictos a su móvil o a Internet, padecen «conectividad mórbida» y presentan una cascada de síntomas que ponen en riesgo su salud integral: aislamiento, irritabilidad, ansiedad, descenso del rendimiento cognitivo, trastornos del sueño, inhibición del control emocional, pensamientos obsesivos, etcétera. Son signos inequívocos de dependencia de las nuevas tecnologías. Leandro, vive por y para el móvil, ignorando la persona, el pensamiento y los auténticos sentimientos. Y confunde la vida real con lo que se ve en online. Leandro no soporta estar sin el móvil; consideran que le falta un apéndice esencial de sí mismo y surge con intensidad la intranquilidad, el malestar, la irritabilidad y la ansiedad, como una especie de síndrome obsesivo. La comunicación instantánea ha laminado nuestra capacidad para mantener una atención profunda y prolongada; por el contrario, estamos pendientes de timbres, sonidos y lucecitas y siempre listos para contestar, localizados por cualquier parte del mundo y, además, con el pánico silente de perder el cordón umbilical que nos mantiene conectados a ese mundo virtual y fantástico tan alejado de la realidad humana. Sin embargo, en una sociedad ultraconectada nos sentimos más solos que nunca. Escucho a Leandro ¡tengo mucha prisa! ¡Hablamos mañana! Pero mañana, tal vez, sea demasiado tarde. El cariño, el amor y los móviles, son algo así como el agua y el aceite. Las tertulias y conversaciones de amigos han sido sustituidas por el protagonismo de los móviles y por el tintineo continuo de los mensajes que se escucha hasta en misa ¿Y qué supone tener un amigo en Facebook? ¿Es el lugar perfecto para construir nuestra identidad y crecimiento personal? No; simplemente, satisfacemos en el perfil nuestra necesidad imperiosa de pertenencia a un grupo y ahí tratamos de encontrar un ápice de significado en nuestra existencia. Surgen las nuevas patologías mentales y afectivas, es decir, sujetos neuróticos adictos a Internet y a la tecnología digital con diversas respuestas inadaptativas que incluyen ira, pánico y depresión. Estar constantemente conectados, nos lleva a vivir en estado de alerta, lo que implica cambios en los trazados electroencefalográficos, en la dinámica de los neurotransmisores y bloqueo de las hormonas de la felicidad. Nuestro cerebro saludable está hecho para el lenguaje, el pensamiento, la profundidad y la capacidad observadora y reflexiva. Sin una profunda atención, se diluyen las relaciones humanas, la afectividad, la empatía y el amor y, por supuesto, se disparan los errores que, a su vez, potencian los fallos y accidentes traumáticos de todo tipo. Las nuevas tecnologías conducen a un debilitamiento de las relaciones y generan incertidumbre, soledad, ansiedad y, en última instancia, enfermedad. Conversar es insuflar endorfinas en el cerebro frontal y actúa como un potente antidepresivo y euforizante. Debieran existir lugares en los que sea lea, ¡prohibido usar móviles!