Un país del revés


Como en la serie de Netflix, en esta España del recién iniciado 2020 pasan cosas extrañas: el jefe del Ejecutivo dice que le quita el sueño un señor y acto seguido lo hace vicepresidente; el líder de la oposición recupera discursos guerracivilistas que demuestran que la historia se repite y no hemos aprendido nada de ella; los electores, cansados del bloqueo político, castigan a un partido secundario en vez de al encargado de formar Gobierno; la extrema derecha es anatema, pero la extrema izquierda despierta simpatías; dos partidos del arco parlamentario (ERC y Bildu) aseguran que la democracia está por encima de las leyes y los tribunales; los validos de ETA vuelven al Congreso sin haber condenado ni uno de los 829 asesinatos de la banda terrorista (si acaso, el de Yoyes, una de los suyos); y, en fin, el presidente de España es elegido con la ayuda de los que quieren acabar con España tal y como está concebida actualmente.

Hay más, y no hace falta bajar a la arena política. Por ejemplo, la violencia machista se ha convertido en una emergencia nacional y parece que vivamos en la distopía de El cuento de la criada a pesar de que nuestra tasa de feminicidios es una de las más bajas del mundo; las ciudades vetan y ponen todo tipo de trabas al automóvil, la segunda industria nacional después del turismo; silbamos el himno, está mal visto lucir la bandera nacional. Somos un país del revés y, aun así, seguimos adelante, nada ni nadie nos detiene.

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