¿Dónde están España y la izquierda?


En política ya sabemos que el tiempo vuela y las palabras se las lleva el viento. Pero, aunque a algunos les resulte difícil de creer, hace solo dos meses que el líder del PSOE, Pedro Sánchez, entonces y ahora presidente en funciones, soltó una parrafada histórica pocos días antes de las elecciones generales. La cita es larga, pero merece la pena reproducirla en su integridad para que no haya dudas ni ocasión de recurrir al consabido recurso de que está sacada de contexto. Esto es lo que dijo textualmente Sánchez: «¿Os imagináis, amigos, esta crisis en Cataluña con la mitad del Gobierno defendiendo la Constitución y la otra mitad del Gobierno, con Podemos dentro, diciendo que hay presos políticos en Cataluña y defendiendo el derecho de autodeterminación en Cataluña? ¿Dónde estaría España? ¿Dónde estaría la izquierda?». Lo dijo con solemnidad el 26 de octubre en Tenerife. Y las últimas palabras de la frase las pronunció ya entre grandes aplausos de la militancia, que celebraba así su negativa a formar un Gobierno de coalición con Unidas Podemos que dependiera del independentismo.

Dos meses después, esos militantes socialistas canarios, y los de todo el resto de España, pueden responderle que sí. Que se lo imaginan. Y que no solo se lo imaginan, sino que aquello que Sánchez citaba de manera retórica como si fuera la encarnación de todos los males, es lo que les propone ahora y lo que tienen que aplaudir. E incluso pueden explicarle que no solo se imaginan que dentro de poco pueda haber en España un Gobierno en el que la mitad de sus miembros defiendan el derecho de autodeterminación y la existencia de presos políticos, sino que es el propio Sánchez el que está negociando directamente con aquellos que se llaman presos políticos para que apoyen ese Ejecutivo bipolar a cambio de cosas que nada tienen que ver con un programa de Gobierno o con un pacto de investidura. ¿Dónde está España? ¿Dónde está la izquierda? Esas son las preguntas que cabría formularle ahora a Sánchez para que sea él quien conteste a aquello a lo que se refería con espanto solo unos pocos días antes de que se celebraran las elecciones generales.

Ya no hace falta ni siquiera imaginarlo. Es un hecho. Sánchez ha firmado un Gobierno de coalición con Unidas Podemos cuya consumación solo está pendiente de los «flecos». Es decir, de que Oriol Junqueras lea el informe de la Abogacía del Estado sobre la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea -en el que el líder de ERC exige que se defienda su puesta en libertad para recoger su acta de eurodiputado-, y levante su pulgar desde la prisión de Lledoners. Lo cual significa que ese Gobierno no solo tendría ministros que defienden el inexistente derecho a la autodeterminación, sino que estaría en manos de políticos como Junqueras, condenado a trece años de cárcel por sedición y malversación de fondos, o Gabriel Rufián, que compara el discurso de Navidad del Rey con «un mitin de Vox». Sí, señor Sánchez. Nos imaginamos ese Gobierno. Y no es precisamente una hipótesis estimulante para comenzar el año.

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