El rubio extravagante


Tuve la oportunidad y la fortuna de trabajar, en la década de los setenta en el hospital Queen Victoria, centro especializado en cirugía reconstructiva para el sureste del Reino Unido, situado en East Grinsteead, una pequeña población de la Inglaterra profunda, en el condado de Sussex. El centro había sido convertido, durante la Segunda Guerra Mundial, en un hospital monográfico para asistir fundamentalmente a los pacientes de la aviación británica (RAF), quemados y aplastados durante los combates en el Canal de la Mancha. Allí rescataron de la muerte a muchos pacientes, algunos de los cuales tuve la oportunidad de conocer, porque en aquel momento todavía continuaban siendo operados, intentando mejorar sus gravísimas secuelas. Su presencia, con las caras y manos destrozadas, no causaba desagrado, ni siquiera a los niños, que habían sido aleccionados diciéndoles que tenían ante sí a personas diferentes, héroes, que debían ser venerados. Actitud reverencial sin distinción de credo ni determinación política.

No puedo, ni pretendo hacer un viaje por la historia de Gran Bretaña, pero sí dar unas pinceladas que tienen que ver con las emociones ciudadanas, que son más importantes a la hora de decidir el voto ante una urna electoral. Cuando llegas, no tardas en reconocer dos ideas que están en la mente de todos: una, el aislamiento de los estados vecinos por la insularidad, que les permitió independizarse del papa de Roma abrazando el protestantismo y que les animó a la búsqueda del imperio a través del mar; y otra, que son muy conscientes de que los enemigos les llegan, históricamente, por el sureste, es decir, desde Europa. En su casa, tras muchos años sin guerras civiles, la alternancia en el poder se acepta como algo propio de su idiosincrasia, bautizada por la, sorprendente, mayoría absoluta de los laboristas el año del fin de la segunda contienda, tras la derrota de los conservadores liderados por el auténtico vencedor de la guerra, el gran Winston Churchill. En los años de posguerra el pacto comercial (Comunidad Económica Europea) con los estados europeos beligerantes, que mejoró la economía, les ayudaría, también, a controlar la seguridad, junto a la OTAN manipulada por la superpotencia del oeste, América, que nunca agrede y siempre ayuda.

En los últimos años, el tratado con la Unión Europea ha sido considerado como un lastre por muchos de los ciudadanos británicos, que ganaron un referendo en el año 2016. Sin embargo, el calendario de la puesta en marcha del brexit, buscando un acuerdo adecuado con Bruselas, ha provocado tanto hartazgo, que ha acabado con una primera ministra y ha llevado a su sustituto a la necesidad de convocar unas elecciones generales. En el debate electoral han aparecido, la situación del servicio nacional de salud, los niveles de la preocupante migración, el giro a la izquierda del laborismo del triste e indeciso Corbyn y el populismo americanizado del presuntuoso, rubio y enfadado Boris Johnson, menos preocupado del estado de bienestar para todos y más de que cuadren las cuentas al desprenderse de Europa, con mucha gente derrochando desánimo. La controversia ha tenido lugar en prensa, televisión, radio y las cada vez más poderosas redes sociales, que parecían manejar mejor el sector izquierdista. Las encuestas daban, sin embargo, al partido conversador como ganador, y así ocurrió. La preocupación se ha adueñado de mucha gente, desde las élites europeístas a los progres del pueblo llano, desde los británicos que viven fuera a los extranjeros que viven en el Reino Unido, entre los que se encuentran miles de españoles a los que nuestro Gobierno debe arropar.

Boris Johnson es un populista histriónico, una figura camaleónica, capaz de adaptarse a lo que convenga en cada momento, pero no es Trump. Fue un buen alcalde de una ciudad cosmopolita como Londres, habitualmente de mayoría laborista, donde volvió a ganar, como lo hizo en las zonas rojas del norte del país, donde arrasó. Es curioso que los politólogos y los reporteros de prensa de nuestro país, enroscados en el brexit, no hayan sabido pronosticarlo, salvo Miguel-Anxo Murado en este diario; a pesar de que los socialdemócratas, en los últimos tiempos, se han hundido en toda Europa salvo en España y Portugal. Sí, la inmensa mayoría de los expertos no creían ni en las encuestas, por lo que emitieron una información sesgada sobre los laboristas que me gustaría resumir con una frase que, discúlpenme la pedantería, firmaría Ernest Hemingway: «Han ido a peor poco a poco y al final de repente». No han sabido ver que, de vez en cuando, Inglaterra, sea tiempo o no de las redes sociales, se refugia en el Imperio, con héroes que deben ser venerados.

Por Francisco Martelo Cirujano plástico y secretario general de la Real Academia Gallega de Medicina

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