«Griezmann, muérete»


Estamos en la sociedad de la rabia y del odio. No existe el término medio. Nadie pisa el equidistante sentido común. Todo es exceso. Lo que se vivió en el Wanda Metropolitano fue una vergüenza. No hace falta más análisis. Que un estadio entero coree orgulloso y crecido a un jugador que cambió de puesto de trabajo «Griezmann, muérete» no atiende a razones. Ni se puede justificar desde el sentimiento y el presunto amor a los colores. Nada de eso existe hoy. Hace mucho que en el fútbol y, no seamos fariseos, en la mayoría de las empresas de hoy en día, el amor a la camiseta no es más que postureo. Como cuando esos dioses menores del balón besan el escudo tras marcar un gol. Todo falso, salvo muy honrosas excepciones. El jugador de club es una rara avis. Gerrard en el Liverpool y cuatro más. Siempre generosamente pagados con montañas de dinero. Hasta esa fidelidad tiene mucho que ver con la pasta que reciben. Si usted no recibe la nómina a final de mes, dejará de golpe de querer a su empresa. Lo demás son tonterías. Si Griezmann recibió una fabulosa oferta de una multinacional del fútbol que le siguió insistiendo año tras año y decidió aceptar y cambiar de colores, es totalmente humano. No se merece que le deseen miles de personas la muerte a voz en grito. Nada menos que la pena de muerte. No se merece que le escupan en la valiosa placa que hay en el Wanda por sus 133 goles en cinco temporadas. El chaval empezó en la Real y el Atlético se lo llevó como hizo ahora el Barça. Exactamente lo mismo. No es otra la afrenta que la ley de mercado. No se merece que le tiren ratas de peluche. Un despropósito que es un síntoma de la sociedad de envidiosos en la que sobrevivimos. Hay que odiar al que triunfa. Pero peor fueron las palabras de Guillermo Amor en nombre del Barça diciendo que respeta todas las opiniones. Los insultos no se respetan jamás. Un insulto es la primera patada. La violencia verbal da lugar a que despegue la violencia física. Y la guinda del desastre la puso Simeone. Al no querer hacer declaraciones, el Cholo demostró que todo su despliegue de coraje y fuerza en la banda es una actuación. Y su silencio aclaró por qué se le queda grande entrenar a la mejor plantilla de la historia del Atlético. Fue tibio para callar sobre Griezmann como es tibio para dirigir a un equipazo al que se empeña en limitar a un fútbol pacato, rácano y de cero a cero. Así le va.

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