El imperio de la frivolidad

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

Sergio Perez

02 dic 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Los pueblos acomodados acostumbran a ser frívolos. Los pobres no pueden serlo. La frivolidad, con certeza, es directamente proporcional al grado de desarrollo económico de un país o lugar. En España la frivolidad ha crecido exponencialmente en los últimos años. En realidad, tras el golpe de creatividad y profundidad de la década de los ochenta, la intrascendencia ha destacado. Definamos la frivolidad, una derivada de la hipocresía. Creo que nadie lo hizo mejor que el maestro Cortázar en Un tal Lucas, libro lúcido e inclasificable: «Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son». ¿Cómo se distingue un frívolo? Principalmente por sus modos de planear sobre el barro o cieno. El frívolo rara vez se moja y, de mojarse, lo hace a sabiendas de que obtendrá un premio mayor que el riesgo asumido. Hay frívolos de derechas que hablan de economía sin haber leído a David Ricardo, Malthus o Adam Smith. Y los hay de izquierdas que ignoran que Schumpeter, que reconocía en la innovación su credo y que evolucionó desde el keynesianismo al marxismo, quebró al banco del que era presidente y -siendo ministro de Finanzas austríaco- consiguió para su país la mayor tasa de inflación de la historia. La frivolidad es un estado de ánimo y, sin lugar a duda, la verdadera razón de ser del presente. La razón práctica y la razón pura. El ormuz y el arimán de nuestros días. La frivolidad es el gran hermano de Orwell que nos mira desde una cadena televisiva que ha convertido en héroes mediáticos a un puñado de seres ordinarios. La misma cadena que mira para otro lado cuando, en el súmmum del delirio televisivo, ha sido señalada por una presunta violación en vivo y en directo. Qué ignominia. Y qué justicia la nuestra que, sabiendo lo que se va sabiendo, aún no se ha pronunciado con contundencia.

Hay una frivolidad de andar por casa, que es muy gallega y sometida a los desaires del otoño. Cuando llueve, truena en nuestro interior el pájaro triste de la melancolía. Y al menor rayo de sol, nos enzarzamos en la posibilidad de ser más felices, aunque nunca lo seamos. Una frivolidad de Madrid, que nos mira desde lejos y nos repite eso de que el gallego nunca se sabe si sube o baja. Yo se lo diré: baja. Si no, miren el caso que les hace Madrid a los trabajadores de Alcoa o de Endesa. Ellos andan a lo suyo, repactando frívolamente. Ministrando a unos y a otros. Importándoles poco este mundo kafkiano que estamos dibujando en contra de nosotros mismos.

La pregunta que me perturba es si preferimos un país frívolo, que es lo que somos, o un país circunspecto y zaherido. Yo elijo lo primero. Porque la frivolidad es el signo del progreso. El progreso de verdad y no ese que disfrazan bajo el sintagma «políticas progresistas». Es una frase que no soporto. Quizá porque soy un conservador convencido: la mejor España, en mi mundo (la cultura) está en el pasado. El imperio de la frivolidad todo quiere borrarlo. Incluso a Cortázar.