El gobierno de los cocodrilos


A Félix Houphouët- Boigny, el que fue durante treinta años presidente de Costa de Marfil, le llamaban Le Vieux, el Viejo; mote este que en un político africano suele indicar que no tiene por costumbre perder elecciones -y, a menudo, ni siquiera convocarlas. Aunque, para ser justos, si hubiese una liga de los dictadores de África, diríamos que Houphouët-Boigny estaría como el Alavés ahora, por la mitad de la tabla, lejos de los puestos de descenso a la división de genocidas, pero sin posibilidades de promocionar a demócrata. Del clásico tirano tenía sobre todo la estética, que suele manifestarse en un estilo imposible de confundir con el minimalismo. Por ejemplo, algo de lo que no se le pudo acusar nunca es de ingratitud con su «patria chica», que era Yamusukro, un poblacho perdido en la selva. Pues en un arranque de entusiasmo local que hoy llamaríamos Yamusukro Existe, el Viejo lo convirtió en la capital oficial del país, lo dotó con una basílica católica mayor que San Pedro del Vaticano -de hecho, la mayor iglesia del mundo-, de una pista de aterrizaje de tres kilómetros con capacidad para el Concorde, y de la que seguramente sea la única pista de patinaje sobre hielo del continente africano, en un valiente y necesario empeño de introducir los deportes de invierno en los trópicos.

 Con todo, quizás lo más singular era el palacio presidencial, rodeado por un foso con una veintena de cocodrilos, que el Viejo hizo sagrados por decreto; precaución innecesaria, porque nadie se atrevía a tocarlos salvo el propio dictador, que los alimentaba con gallinas vivas, y un cuidador que les daba nombres como «Primer ministro», «Ministro del Interior» o «Capitán». Los cocodrilos de Yamusukro eran, de este modo, una especie de gobierno metafórico en la sombra. ¿Llegaron a pensar los costamarfileños que eran los cocodrilos quienes gobernaban y los ministros simples encarnaciones humanas de sus espíritus? Quizás.

El Viejo entregó su alma en 1993. Yamusukro sigue siendo la capital, pero ha quedado abandonada todos estos años, mordisqueada por la selva. No hay tráfico en la autopista de seis carriles. Pocas misas se celebran en la inmensa Basílica, a pesar de que su construcción multiplicó por dos la deuda nacional -eso sí, sigue funcionando el aire acondicionado de marca italiana. El Concorde solo llegó a posarse dos veces en el aeropuerto construido para él y ahora lo usan los cocodrilos para calentarse el vientre en el cemento.

Porque los cocodrilos siguen allí, patrullando el foso que rodea el palacio, donde está, enterrado e inaccesible, el cuerpo de el Viejo. Se han reproducido sin control a partir de que en 2012 el cocodrilo llamado «Primer ministro» arrancó al cuidador de la orilla y no se le ha vuelto a ver.

Como un sacrificio ritual, los lugareños les entregan dos bueyes cada dos semanas, puntualmente a las cinco de la tarde, como si fuesen ingleses tomando el té. Pero no sirve de nada. Al caer la noche, los cocodrilos se internan en la capital decadente y de vez en cuando se llevan a alguien. La superstición hace que muchos lo consideren una señal de que aquella persona había cometido alguna falta. Esta semana se debatió la posibilidad de cazarlos. Al final se impuso el criterio de que son sagrados y matarlos traería mala suerte al país.

Hace ya veintiséis años que el Viejo no está, pero su legislatura se prolonga, pues, en esa ciénaga en medio de una ciudad abandonada en mitad de la selva, donde los cocodrilos, reunidos en consejo de ministros, digieren a sus víctimas mientras dilucidan cuestiones de procedimiento a la espera de que los campesinos les ofrezcan el siguiente sacrificio.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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