El dedo en la llaga


Hace unos días Jorge Oesterheld publicó un excelente artículo en la revista Vida Nueva. En él analiza el creciente abandono de las prácticas religiosas en los países tradicionalmente católicos, lo que denomina síndrome de los templos vacíos. Es un hecho: muchas personas buenas hace ya tiempo que no pisan una iglesia. ¿Estamos dispuestos a aceptar que están muy bien sin nuestras misas y nuestros sacramentos? Y lo que es más importante, ¿seremos capaces de escuchar en ellas la voz de Dios que nos habla?

Viene a mi memoria aquello que señaló el Concilio Vaticano II: en la génesis del ateísmo contemporáneo tienen parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que con la exposición inadecuada de la doctrina y con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión… ¡Gran verdad!

Sí, algunas formas de practicar el cristianismo están terminando. No pasa nada. Esto no quiere decir que el cristianismo esté desapareciendo sino tan solo que se está transformando, purificando, como ya lo hizo muchas otras veces. ¿Acaso lo que nos molesta es reconocer que Dios no está únicamente en las iglesias y que Dios no es solamente nuestro?

El mundo necesita una cultura de compasión, fraternidad y encuentro. Estoy seguro que si la Iglesia sigue este camino, sin temer la irrelevancia social, continuará dando frutos en abundancia en medio de la sociedad, de esta y de la que viene.

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