Del abrazo a Vox


Me recordaba aquel abrazo del dictador Franco con uniforme de general de los ejércitos al presidente de Estados Unidos, el general Eisenhower, vestido de civil en un frío Madrid de 1959. Más que abrazarse parecía que Franco trepaba por el cuerpo del líder norteamericano. Muy lejos quedaba el falso abrazo de Espartero y Maroto poniendo fin a la primera guerra carlista e inmortalizado como el abrazo de Vergara. Aunque el abrazo en funciones de Sánchez e Iglesias no le tiene nada que envidiar a la fotografía de Breznev y Honecker, ambos presidentes, a la sazón, de la antigua URSS y de la desaparecida República Democrática de Alemania. Fue «un beso apasionado, con lengua», tituló el Bild, pero todo se andará.

El efusivo abrazo «social comunista» va a marcar una de las etapas mas confusas de la gestión pública española.

Y se presenta como antídoto del neofascismo creciente que dicen encierra como amenaza Vox, partido con ciertas sombras y pocas luces, con más militantes que cuadros dirigentes y con más consignas emocionales que articulación programática, hasta ahora prácticamente desconocida en sus planteamientos, que no van mas allá de los cien puntos que conforman su programa.

En España no hay cuatro millones de ciudadanos de ultraderecha, hay, eso sí, cuatro millones de cabreados con los partidos tradicionales y especialmente con la debilidad mostrada por el PSOE en el tema catalán, cada día mas endiabladamente doloroso. Por ello se han decidido a votar a una formación con fuerte personalidad autoritaria que recuerda vagamente al paleofascismo neohegeliano de teóricos como Gentile.

Pero a todas luces estamos en el postfascismo y con el rescate de una formulación por parte de la derecha conservadora que recupera el pensamiento critico falangista de Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma, y la defensa a ultranza de la hispanidad que mantuvo su lectura mas intelectual en las tesis de Ramiro de Maeztu.

El abrazo abre una etapa de incertidumbre, sienta las bases de un Gobierno de coalición desde la izquierda del que solo hay antecedentes en los gobiernos de Finlandia y Portugal, pequeños países frente a los cuarenta y siete millones de habitantes de España.

Y esto solo es el comienzo. Se van a precisar complejos equilibrios para organizar un Gobierno con la suma oportunista de formaciones de la izquierda nacionalista, para concluir en un país ingobernable. Vox, que no toca poder, no es la amenaza. La amenaza puede estar a partir del próximo año, en el BOE. Y todo comenzó con un abrazo eufórico.

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