Los primeros tropiezos


Tras la ilusión confesada por Pedro y Pablo, llega la hora del realismo. Y el realismo es algo más amargo que las emociones del enamoramiento. Los medios informativos no recibieron la noticia con el entusiasmo unánime que ambos soñaban. Resultó inevitable que se pusiese a funcionar la «maldita hemeroteca» y salieron todos los archivos de los desamores: aquel Sánchez que no podía tener un vicepresidente que admitía que en España había presos políticos; aquella Carmen Calvo que alegaba que PSOE y Podemos no sumaban mayoría absoluta; aquella coalición que antes del 10N no era buena para España y, por supuesto, aquellos ministros de Podemos que no le dejarían dormir a Pedro Sánchez y al 95 % de los españoles. Con esos incómodos recuerdos, la credibilidad de Pedro Sánchez quedaba seriamente tocada y hay medios que le piden que, cuando menos, explique por qué cambió tan apresuradamente de opinión.

Ese fue el primer problema que, si era previsible, no se esperaba que fuese tan desagradable. Los dos firmantes del preacuerdo tenían derecho a soñar con una mayor comprensión informativa. El segundo viene ahora, por la necesidad de adhesiones. Partido Socialista y Podemos suman -también es mala suerte pensando en Cataluña- 155 escaños; «155 monedas de plata», diría Rufián. Hacen falta 21 más para tener la mayoría absoluta para la investidura en primera votación y muchas abstenciones para la segunda votación. Ciudadanos está de momento por el «no», con lo cual hay que echar mano de los independentistas. ¿Y qué ocurre? Que ante la necesidad ajena, los indepes se hacen fuertes y los de ERC quieren hablar «de igual a igual» y obtener el compromiso de montar una mesa de negociaciones, con su relator y todo. Gran arena en los zapatos de la coalición. Gran prueba para un preacuerdo que prevé el diálogo y no la imposición en el conflicto catalán.

Y el tercero está en los nombres de los ministros futuros. Hasta ahora, en otras crisis de Gobierno, los ministrables eran un asunto de cotilleo. Ahora son la esencia del nuevo tiempo. Para entendernos: no es lo mismo Nadia Calviño al frente de la economía que Alberto Garzón. No es lo mismo Magdalena Valerio que Irene Montero en las cuentas de la Seguridad Social. Y no es igual un militante socialista que un militante podemita gobernando la política fiscal. «Pero el presidente soy yo», replicará Pedro Sánchez. Sí, señor, él será el presidente, pero los gestos y las personas importan más que los programas en estos tiempos turbulentos. Un gesto equivocado puede hundir los mercados. Una persona equivocada puede sembrar el pánico en el mundo del dinero. Y visto lo visto en la Bolsa, no sé si ha empezado a ocurrir.

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