Sánchez ya duerme bien


Hemos recorrido un largo camino para volver al principio. Y aquí estamos, siete meses después, más debilitados, con diez diputados menos y el miedo en el cuerpo, para anunciarles que alcanzamos al fin un preacuerdo de Gobierno. No lo dijeron, pero hubiera sido el inicio ideal del acto de ayer en el que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias escenificaron el preacuerdo para gobernar España los próximos cuatro años. O el tiempo que sea. Y a la espera de acuerdos con otras formaciones que faciliten la investidura, lo que a priori no parece complicado.

Lo cierto es que tras las trifulcas y las descalificaciones vividas no se aguardaba un acuerdo con tal premura. Todavía andaba García Egea dando lecciones de estrategia, en absoluta contradicción con Núñez Feijoo; Álvarez de Toledo pidiendo un gobierno de concentración y algunos de UP lamentando los resultados, cuando Sánchez e Iglesias ya tenían cerrado un acuerdo para «un Gobierno progresista de coalición que sitúe a España como referente de la protección de los derechos sociales en Europa, tal y como los ciudadanos han decidido en las urnas», y que dicen destacará por la cohesión y la lealtad. No hay por el momento letra pequeña del acuerdo, que como en los contratos bancarios es la importante, pero sí sabemos que el propio Iglesias será vicepresidente, junto a Nadia Calviño, a quien, por cierto, descalificaron reiteradamente desde UP.

Pero la política tiene estas cosas. Que los que hoy son irreconciliables, en cuestión de horas se convierten en amigos y poco después en amantes. Y aunque iremos viendo en qué se traduce la alianza, lo que ayer presentaron suena bien e invita al optimismo, aunque no deja de ser la letra gruesa que habrá que ir desarrollando y viendo cómo se lleva a la práctica. Nadie puede rechazar que se hable de consolidar el crecimiento, crear empleo, combatir la corrupción y regenerar la vida política; de la muerte digna, luchar contra el cambio climático y garantizar un trato digno a los animales; fortalecer las pequeñas y medianas empresas y autónomos; garantizar la libertad de las mujeres, luchar contra la violencia machista y la igualdad retributiva y revertir la despoblación, entre otros asuntos claves.

Lo de Cataluña ya pinta diferente. Porque con «la rebelión de los señoritos» no se acaba «fomentando el diálogo, buscando fórmulas de entendimiento y encuentro, siempre dentro de la Constitución». Eso queda muy bien en el papel, pero la realidad la vemos cada mañana, incluida la de ayer. Cataluña va a ser, sin duda, la piedra de toque del nuevo Gobierno porque se parte de posiciones enfrentadas. Solo desde la lealtad y la responsabilidad se logrará avanzar. La misma responsabilidad que esperamos de quienes se han decidido, aunque sea siete meses después, a poner fin a un bloqueo para que podamos descansar. Y para que Pedro Sánchez pueda dormir tranquilo.

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