SMS


En aquellos años hormonados de las serpientes giratorias, había algo épico en aquel pitido que salía de un teléfono irrompible. Que nunca se apagaba. Veinte años después, los habíamos olvidado, enredados en millones de grupos donde la palabra está de saldo y lo que sale caro es no reprimirse y enviar esa nota de voz deshonrosa a las tantas de la mañana. Pero han decidido recuperarlos para esta campaña. Y así, con un mensaje escueto que ni siquiera ha seguido los códigos de aquella juventud del cambio de milenio que aprendió a sintetizar en la pantalla de un móvil porque el saldo daba para lo que daba, los SMS continúan cayendo por el precipicio de la decadencia a la que los ha empujado su mera función publicitaria. Este puñado de letras amontonadas llegan cuando la suerte ya está echada. A unos los comen los demonios y otros todavía se estarán despertando de la resaca. Pero con esa petición de voto que llegó sobre la bocina, el último día de la campaña, en vez de hacer chistes igual habría que pararse a pensar un detalle sin importancia: cómo un partido político se ha hecho con un archivo de datos en el que están listados los números de teléfono de dos millones de personas en España. El petróleo, en este siglo, ya no provoca guerras en el Golfo, porque el oro negro es el big data: saber tanto de las personas que le puedes ofrecer en un anuncio el juego exacto de sábanas.

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