Trámite cumplido


Poco o nada habrá influido el debate de anoche en los 700.000 gallegos que según Sondaxe aún no decidieron su voto del domingo. Ni tampoco en ese 7,1 % de electores a los que este tipo de acciones cambia su voto. Los índices de indecisos y abstencionistas que reflejan las encuestas son de los más elevados que se recuerdan, y lo ocurrido ayer no parece que vaya a cambiar la tendencia. Poco ayuda el formato del debate que lo convierte, en muchos momentos, en plomizo y carente de interés, pese a las trifulcas de Casado y Rivera.

Cierto que el encuentro entre los cinco candidatos, por cierto, sin ninguna candidata, marcó un hito importante en nuestras vidas. El de tener que superar, por primera vez, la angustia de ver y escuchar entre los presidenciables a la ultraderecha, crecida y eufórica como está, aprovechándose de los preceptos de una democracia en la que no cree y a la que detesta. Y con la que quiere acabar. Pero, tras el susto inicial, debemos ir acostumbrándonos al discurso incendiario porque Vox está dispuesto a quedarse porque una parte del electorado entiende que los líderes de las demás formaciones no hacen lo suficiente por ellos.

Y puede que esa haya sido, una vez más, la imagen que mejor resumen el debate a cinco de este otoño. Con un electorado tan fragmentado y con tanto indeciso, el encuentro podía haber ofrecido un extraordinario interés de no ser, insisto, por el formato y porque cada uno de los participantes se parapetó en el argumentario previamente ensayado sin salirse un ápice de lo aprendido. Aún más. Sánchez se mostró incómodo en muchos momentos del mismo, al igual que Casado; de forma especial cuando se abordó la cohesión territorial, que se redujo a un par de ideas ya sabidas sobre Cataluña y a los productores lácteos gallegos, de Pablo Iglesias. La situación catalana sigue siendo el gran asunto de esta campaña en el que populares y socialistas se muestran tremendamente incómodos por actuaciones anteriores. Una mochila de la que carecen los demás y que permite a un Iglesias conciliador invitar al diálogo; a Abascal a recuperar tiempos pasados y a Rivera a no se sabe muy bien qué, perdido como estuvo no se sabe dónde, gran parte de la noche.

Por no despejar el debate no despejó ni la primera de las dudas que mantiene el electorado. La del bloqueo político. A excepción de Vox, que ya sabemos lo que quiere y que lo expuso con un descaro insultante, los demás no mostraron sus cartas. Quizá porque son las mismas de abril. Fue uno de los momentos, hubo muchos otros, aguardados. El de todos contra Sánchez, quien quiso irse con el compromiso de que gobernase la lista más votada, como gran iniciativa, cuando ya fracasó en el intento hasta Mariano Rajoy.

Es inútil hacer el esfuerzo de discutir sobre el vencedor del encuentro político-televisivo de anoche. Las huestes de cada uno de los participantes, apoyados por las redes sociales, se encargarán en los próximos días de expandir la idea de que su patrocinado fue el mejor. Pero tampoco se trataba de eso. Se trataba de cumplir el trámite de realizar un debate. Que debería de tener otro formato y ser regularizado por ley, pero aun así el trámite quedó cumplido. Pero nada más que eso. Por eso, y en previsión de la ausencia de propuestas, mientras aguardábamos su inicio nos invitaron con unos spots a jugar a diversas loterías. Sabedores, sin duda, de que la política no va a solucionar nuestras vidas.

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