De muertos y de vivos


Cada año. Cuando el otoño inaugura las lluvias de noviembre, escribo sobre el intramundo de los muertos, rezo una oración laica y civil que agrupo piadosamente en las frases que agavillan este artículo, recordando a los que se han ido a la otra orilla de la vida. Es mi tributo anual a los muertos, un memento mori, una puntual crónica de difuntos, para que nunca llegue el viento del olvido.

Y van pasando ante mí los que ya no están, los que habitan la muerte, todas las muertes, y delante de la pantalla del ordenador desfilan, como si de una estadea se tratase, como si se fuera asomando mi particular procesión de la Santa Compaña, las personas que he querido, mis padres que desde hace tiempo ya viven en la muerte, y el colo de mi madre se instala fugaz en la memoria, mientras escucho reír a mi padre en una sobremesa de fiesta familiar, y se van encarnado recuerdos que se corporeizan y Cicerón dejó sentenciado que la vida de los muertos está en la memoria de los vivos, y Borges escribió que «la muerte es una vida vivida y la vida una muerte que viene».

Y llegan los amigos recordados que viven en todas las ausencias, y levantas el telón de la nostalgia y los ves llenos de vida caminando por tu pueblo, y los saludas en el bullicio de las tabernas, en las verbenas de las fiestas de agosto, y mides el tiempo transcurrido en abrazos que ya nunca les vas a dar.

Y hasta ti llega el eco de los días lejanos, cuando tu abuela rezaba contigo un padrenuestro por aquellos difuntos que no tienen quien les rece, y repites ahora mismo la oración esencial y recuperas una estrofa de Curros hecha canción cuando señala «una cova, nun outeiro, e un cadavre no fondo do mar». Y miras la muerte en los ojos de los ahogados, y el mar es un inmenso cementerio de agua, una incesante tumba colectiva de quienes no han alcanzado las costas donde crecen los árboles del bienestar y la prosperidad.

De muertos y de vivos, crónica de un día de difuntos, e invocas que gocen del descanso eterno reivindicando la paz de los muertos, la de todos los muertos, los que han sufrido una celada en la noche y no regresaron nunca al camino, la paz de quienes yacen en las cunetas de la historia, la de quienes el dardo del dolor se clavó en su pecho, y la lápida de un poema de Rosalía es el túmulo colectivo para concluir este artículo y escribes desde la melancolía mas saudosa que «es más fuerte, si es la verde encina, más bello el sol parece cuando declina, y eso se infiere, porque ama uno la vida, cuando se muere».

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