Oxford le hace la cobra al «brexit»


El libro Breves respuestas a las grandes preguntas, de Stephen Hawking, un cactus, una flor seca enmarcada en un cuadro de plástico color verdoso. Cada uno de estos elementos cuidadosamente colocados en la repisa de la ventana con vistas a una de las calles más transitadas de Oxford. Los estudiantes han vuelto, ya están aquí, y la ciudad se prepara para recibirlos con los brazos abiertos. Más de 23.000 jóvenes procedentes de 140 países desembarcan cada año en la ciudad con toda su ilusión y parafernalia, nerviosos y entusiasmados al verse iniciando sus estudios en una de las mejores universidades del mundo. El carácter abierto, multicultural y transgresor que empapa esta ciudad nos hace olvidar la hostilidad que domina Westminster, donde los partidos políticos han sido incapaces de llevar a la práctica los resultados del referendo del 23 de junio del 2016. Aquella noche, muchos de nosotros nos fuimos a la cama tranquilos y convencidos de que esa era una pregunta estúpida, que solo David Cameron y unas pocas almas perdidas se planteaban. A la mañana siguiente, Oxford se despertó sacudido por la terrible noticia. Era una de las pocas ciudades de Inglaterra, junto con Londres y Cambridge, que votó seguir en la Unión Europea. Tres años después, vivimos el día a día como si de una pesadilla se tratase. En las sucesivas charlas organizadas por la vicerrectora de la Universidad de Oxford para sus empleados y académicos europeos, una y otra vez se respira la incredulidad del momento que vivimos, a la que se suma la incertidumbre de no saber qué pasará después. Con todo, reconforta saber que la universidad quiere que sus miembros europeos se queden. A Louise Richardson no le importa tu raza, religión o país de procedencia, solo que seas el mejor en lo tuyo. La Universidad de Oxford es número uno en el mundo por cuarta vez consecutiva, según The Times Higher Education, y lo quiere seguir siendo. Por eso lleva años peleando junto con el resto del sector universitario para que el brexit no afecte la movilidad de sus estudiantes ni limite el acceso de sus investigadores a fondos europeos. Con Boris Johnson en el poder y la triste premonición de que la guerra está perdida, la universidad celebra pequeñas batallas victoriosas. Recientemente el Gobierno ha anunciado que los estudiantes extranjeros podrán quedarse en el Reino Unido dos años después de graduarse para buscar trabajo. Oxford no quiere que el talento se le vaya, porque su futuro depende de esas mentes grandiosas que cada año invaden la ciudad. En Magdalen College, uno de los colegios más antiguos y monumentales de Oxford, un joven que apenas roza los dieciocho años pide un chocolate caliente en la silenciosa cantina de paredes de piedra con vistas al río Támesis, detrás sus padres observan curiosos cada detalle a su alrededor. Dejan la habitación como entraron, con un andar ceremonioso, mostrando su respeto por aquellos que han hecho historia en el mundo académico. Entre este mismo edificio empezó su carrera el recién nombrado Premio Nobel de Medicina, Peter Radcliffe.

Por Raquel Toribio Periodista gallega que trabaja en la Universidad de Oxford

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