Cambio de hora


Soñé que no solo cambiaban la hora, sino también el país, y que amanecía en medio de una ciudad limpia, con gentes que se preguntaban por los hijos o los nietos, que comentaban el último libro de Henning Mankell o de Óscar Esquivias (ese que no termina de salir y que nos ha convertido en Didi y Gogo, los personajes de Esperando a Godot). Que los políticos buscaban la concordia y se devanaban los sesos para hacernos la vida más cómoda, la sanidad más eficaz, la educación más elevada, para facilitar la actividad económica, sobre todo la de los autónomos, el comercio de barrio. Que cuidaban a las minorías: los comanches, los jugadores de rugbi o los celíacos. En fin, que se iban a sus casas avergonzados con cada fracaso (las cifras del paro, los suspensos de los estudiantes, los retrasos de los trenes) y eran sustituidos por otros que llegaban cargados de ilusión y de energía, que no perdían el tiempo en la demagogia, el juego de palabras, el insulto. Un país donde apenas se decía yo. Donde habían descubierto que la gripe o el salto de longitud, la lluvia, el cálculo infinitesimal, carecen de ideología. Un país en que la gente, después de trabajar, bailaba la muñeira o el tango, escuchaba a Rachmaninov y a Rogelio Groba. Pintaba marinas y construía casas de Le Corbusier, de Wright o de Molezún. Gente que respetaba a sus vecinos porque se respetaba a sí misma, y que hacía de la convivencia un juego amable para vivir de la mejor manera una vida única e irrepetible. Pero solo había cambiado la hora.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
10 votos
Comentarios

Cambio de hora