Los autómatas de Madrid

Eran ya, prácticamente, los últimos supervivientes de su especie: la de los espectáculos mecánicos que recorrieron la España de la posguerra, cuando la televisión no había matado todavía el asombro


A raíz de una polémica política se ha vuelto a hablar de los autómatas de Madrid. La polémica en sí me importa poco, pero me ha servido para acordarme de estos muñecos mecánicos, a los que vi las pasadas Navidades en el Centro Conde Duque. Fue una ocasión única, porque hacía años que no se sabía nada de ellos y luego no se les ha vuelto a ver. Eran ya, prácticamente, los últimos supervivientes de su especie: la de los espectáculos mecánicos que recorrieron la España de la posguerra, cuando la televisión no había matado todavía el asombro. Sus barracas aparcaban en las ferias de las ciudades de provincia, envueltas en un cierto misterio. Porque, y esto era parte de la gracia, siempre ha habido algo inquietante en los autómatas y sus dueños. Aquellos feriantes nos hacían pensar en el Dr. Coppelius de los cuentos de Hoffmann, con su hechizadora robot Olimpia, que conducía al suicidio a sus amantes; o en el Maestro Zacarías de la novela homónima de Verne, que prestaba su propia alma a sus títeres. O como aquella película que me provocó en la niñez tantas noches de insomnio, Al caer la noche (1945), en la que el gran Michael Redgrave interpretaba a un marionetista que acababa poseído por su muñeco.

En concreto, los autómatas de Madrid son los del espectáculo Hollywood, que había creado en 1947 un feriante valenciano llamado Antonio Plá. Son treinta y cinco figuras de madera talladas a navaja con el entusiasmo de un Leiro pero la tosquedad de un Gepetto, y a las que el valenciano agració con un corazón suizo de relojería y montó en un camión donde está el mecanismo principal. Hay una pareja de flamencos, unos músicos cubanos al estilo de Antonio Machín, una señora en la peluquería, otra que cotillea mientras su marido cocina… Viéndolos en el Centro Conde Duque, pensaba más que nada en cómo los mirarían aquellos niños andaluces y gallegos de la posguerra, los campesinos castellanos o las pescantinas vascas; y qué sentirían luego al ver desaparecer a Maese Plá con su vehículo, envuelto en el polvo del camino como una aparición que se esfuma.

Luego Plá tuvo que vender su camión a otros feriantes, que lo tuvieron durante años aparcado oxidándose junto a los coches eléctricos. Ahí fue donde lo encontró un entusiasta, que se lo llevó a su casa de la sierra de Madrid y, con mucho esfuerzo, fue arreglando los mecanismos, y engrasando las piernas y brazos. Restaurado, el camión volvió a hacer algunos recorridos en la última década del siglo pasado, ya más como anacronismo que como maravilla. Y, al morir, el dueño cedió camión y autómatas al Ayuntamiento de Madrid, creyendo que los cuidaría.

No ha sido así. Llegó a hacerse aquella función del Centro Conde Duque que vi yo; pero luego los muñecos han quedado almacenados en un piso de la calle Trece Rosas, olvidados, destinados a criar polvo y desarrollar óxido, perdidos en el limbo de la burocracia municipal. Cuando se los quiso resucitar, surgió un imprevisto: el camión en el que tienen que ir por fuerza integrados los autómatas no pasó la ITV. La verdad es que es un detalle impagable, éste de que los sueños de la posguerra ya no pasen la ITV y se les retire el permiso de circulación. Y ahí siguen en el piso de Trece Rosas, con ese gesto torvo e inquietante que tienen las marionetas cuando descansan: los ojos entreabiertos, malévolos, la sonrisa congelada. Yo me los imagino silenciosos en la oscuridad. Pasa sobre ellos la luz de la linterna de un empleado del ayuntamiento, que luego se va y cierra la puerta. Y uno de los muñecos comienza a hablar, con la voz, fuertemente acentuada en valenciano, de Maese Plá.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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