Barricadas


Volvieron las barricadas de siempre, con fuego, pólvora y adoquines volando; no las echaba de menos pero hacía tiempo que no las veía en la televisión y menos en directo.

Estas barricadas de la Europa del siglo XXI dan más miedo que las del siglo pasado porque aquellas se levantaban por ideales de justicia, libertad, igualdad y fraternidad.

En las barricadas de estos días se siente la tensión, la ira, la violencia y la locura del grupo desatada por el símbolo, la bandera, un dios o una frontera, que son mucho más potentes que las desatadas por una reivindicación (chalecos amarillos).

Creo que fue Churchill quien dijo aquello de que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, y a las pruebas del grado de bienestar y desarrollo social que tienen las democracias frente a otros sistemas me remito.

Barricadas se han levantado siempre y frente a todo tipo de regímenes: monarquías, repúblicas, dictaduras, tiranías... ¿Pero ahora - en una democracia avanzada, participativa y garantista que se supone que es lo menos malo-, a qué vienen estas barricadas?

Sencillamente, a que si le das mucho al chisquero acaba prendiendo la llama de las emociones, con la consiguiente necesidad de inyectarse una dosis de recuerdo de adrenalina de la confrontación. El ser humano es algo que nunca acaba de hacerse bien.

Samuel Coleridge tiene un cuento donde un pueblo culto y amante de la música -sobremanera de la flauta- suplicaba a Manitú que los llevara un sitio dónde no tuvieran que trabajar tanto y pudieran dedicarse a cultivar sus deseos musicales. Manitú fue generoso y los trasladó al lugar que deseaban. Al cabo de un año, en vez de tocar la flauta como los ángeles, todos se habían convertido en gorilas.

¡Los del chisquero. Al rincón de pensar!

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