Oda al viento del oeste


Ahora sí ha llegado, tarde, el otoño, ás mulleregas del viento del oeste; lo que en esta parte del mundo es como si se restaurase la normalidad. El oeste es el aire dominante de nuestro continente; el que ha hecho que la mayoría de las pistas de aterrizaje de los aeropuertos estén generalmente dispuestas en dirección E-O; el que pone en marcha a las aves migratorias que haraganeaban por San Miguel de las uvas maduras, el soplo del tiempo que empuja el año hacia a la vejez, hasta que lo tumbe el viento del norte. También es el viento que vuelve loco a Hamlet (I am but mad north-north-west…), lo que probablemente solo es cierto en Dinamarca. «La más ligera de las cosas», dice La Ilíada, lo que probablemente solo es cierto en Grecia.

Yo le tengo aprecio al viento del oeste. Cuando lo noto llegar, sin moverme del despacho, simplemente mirando por el rabillo del ojo cómo se revuelve la acacia que se ve desde mi ventana, lo saludo como a un vecino que viniese de visita a la capital. Lo es, porque en la Península el viento del oeste es un viento gallego. Así, «viento gallego», es como se le llama en toda la cornisa cantábrica, desde Tapia de Casariego hasta Hondarribia. En La Regenta, es el viento que salva de sus tentaciones eróticas a Don Fermín, el sacerdote protagonista, a quien, en cambio, el aire del suroeste el empuja a la lujuria. Ha soplado también estos días, como siempre al comienzo del otoño. Ese suroeste es el airín de les castañes, como le llaman nuestros amigos asturianos, porque tiene fuerza suficiente como para derribar el fruto de los castañares. En el Valle del Guadalquivir y Extremadura es húmedo y benéfico. Aquí en la Meseta es ya seco y pesado, y al llegar a Asturias es como un bochorno a destiempo de mal sueño, migrañas y castañas por el suelo para delicia de los ratones de campo. Pero ya se ha ido del todo, creo.

Así que se agradece la llegada del Oeste. O su regreso. El poeta Shelley, que precisamente le dedicó una Oda al viento del oeste en terza rima, se maravillaba por el hecho de que el Oeste que sopla suavemente en primavera y el que bufa con fuerza en otoño fuesen el mismo viento. Pero lo son, como todos somos un campo de batalla entre la ilusión y la melancolía. Y eso que Shelley escribía entonces en Florencia, donde el viento del Oeste sopla con fuerza también en primavera, como puede verse en el testimonio más ilustre de la meteorología toscana, que es La primavera de Botticelli. Ahí, en la parte derecha del cuadro, Céfiro (el viento del oeste) sopla a dos carrillos, hasta el punto de que casi tira al suelo a la infortunada Cloris -Botticelli volvió a pintar a Céfiro en El nacimiento de Venus, aunque ahí soplan junto él y Cloris, en una valiente defensa de las políticas de paridad-. El caso es que Shelley, que elogiaba el vigor del viento del oeste en su Oda, porque para él simbolizaba la revolución, acabó ahogado en La Spezia a causa de una tormenta repentina levantada por ese mismo viento, que yo imagino que llegó también en terza rima dantesca. Digamos que el poeta murió víctima de su propia metáfora.

Mi oda al viento del oeste es mucho más modesta e inofensiva. Para mí es un recuerdo del San Froilán en Lugo. Llegaba entonces el aire a tiempo de levantar las faldas de plástico las casetas del pulpo, como un pillastre de otros tiempos, y empezaban el frío y los churros. Ahora, aquí en Madrid, es, como decía, el equivalente a una visita. Se mueven las acacias al otro lado del vidrio de la ventana y se oye un silbido ligero que es como el del chiflo de un afilador: mágico, sutil, familiar, eterno.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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