Es el odio, carallo


Puede que a mil kilómetros, los que separan a mi Galicia de mi Cataluña, lo que estamos viviendo en Barcelona sorprenda. Ustedes tienen sus problemas, su vida. Pero de pronto, Barcelona arde. ¿Qué pasa? ¿Tan locos están? Pues sí: lo están. Locos de odio, esa es la cuestión.

Estamos ante el resultado de más de 30 años de una implacable pedagogía del odio en las escuelas, en la famosa TV3 y medios de comunicación regados por el dinero de un nacionalismo incansable. El silencio cómplice o el grito pelado de patronales, sindicatos, clubes deportivos… Un gota a gota de 30 años con una consigna definida: España es el enemigo. 30 años: Jordi Pujol. Y el día que alguien, Artur Mas concretamente, dio el pistoletazo de salida, lo de ahora era cuestión de tiempo. El enemigo estaba identificado. Faltaba el motivo. Fue la sentencia, pudo ser cualquier otra cosa.

Una realidad -España es la bicha- contra la que nunca peleó el Estado, en paulatina retirada de territorio catalán. Todos, derecha, izquierda, mediopensionistas... se pusieron de perfil. Les convenía para su aritmética del poder. Dame tus votos y haz lo que quieras en tu tierra. Y era razonable: ellos, con su 3 % y su manejo de todo lo importante en Cataluña, jamás romperían la baraja. Y este es el resultado: generaciones de jóvenes convencidos de que, en efecto, España les roba, les persigue, impide que Cataluña sea el mejor país del mundo.

Que el llamado procés es una estafa lo sabe cualquier persona, independentista o no, con una mínima capacidad de análisis. Empezó como cortina de humo ante la crisis -la Cataluña de Convergencia fue la que más recortes dispuso en toda España- y siguió con una serie de acciones que tuvieron su punto culminante en el referendo del 1 de octubre del 2017. Intento que no recibió un solo apoyo en Europa y que dejó con vida la reacción policial, perfectamente evitable, entre otras cosas, si los Mossos d’Esquadra hubiesen cumplido con su obligación: lo que están haciendo ahora, vamos. Empezando por una acción bien sencilla: requisar las urnas de la pseudo votación, cuyos escondites conocían perfectamente.

El procés no tiene futuro. La independencia en una democracia europea en el 2019 es quimérica. Pero queda la frustración, la ira. Contra el enemigo y contra la certeza de que los suyos les han engañado. Queda el odio y ante eso no hay antídoto. Parece. Y acabo con Javier Cercas, reciente ganador del premio Planeta: «El nacionalismo es incompatible con la democracia porque, cuando se trata de elegir entre la democracia y la nación, elige siempre la nación». Sigamos. Si podemos, vaya…

Por Tomás Guasch Periodista catalán

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