El caballo de la Grande Armée


El año pasado, cuando se aproximaban As San Lucas, me pidieron los amigos de Mondoñedo que escribiese sobre una visita imaginaria de un personaje de Cunqueiro a la ciudad en fiestas. Es una tradición. Lo hice sobre Lionfante, el caballo que aparece en Vida y fugas de Fanto Fantini. Lionfante, como se sabe, es un noble bruto con el don de la palabra, como los que razonan con Aquiles en la Ilíada. Y el caso es que, desde entonces, llegando estas fechas, se me aparecen en el duermevela los fantasmas de otros caballos locuaces que fueron o vinieron camino de As San Lucas de Mondoñedo, y me cuentan su historia.

Me pasó el jueves, a una semana de que empiecen los festejos. Dormido, o despierto, noté el bufido húmedo de un belfo junto a la cara y se me presentó Ney, un caballo de mirada triste, que me dijo, en un gallego lugués con erre francesa: «E faría o favor de poñerme, se é que se pode, a Obertura 1812 de Chaikovsky?».

Nos hicimos un café y me contó su historia. De potrillo, en As San Lucas de 1809, lo había comprado un furriel del ejército francés para cargar vituallas en la tropa expedicionaria del mariscal Ney, que entonces se retiraba de Galicia (de ahí el nombre). «Pero ascendí», decía con orgullo, pasándose al castellano. «Como tiraba fuerte, me hicieron caballo de artillería. Artillería: ¡el mismo cuerpo del Emperador!» Con otros cinco compañeros había arrastrado hasta Rusia una pieza de seis libras. «¡Quinta Batería del Sexto Regimiento de Artillería a caballo del III cuerpo de ejército!». Y, dicho esto, se volvió para mostrar en el anca, marcada a fuego, la sigla de su unidad.

El orgullo dio paso a los recuerdos tristes. Para mí, lector recurrente del Guerra y paz, fue interesante oír contar de primera mano la trágica retirada de Moscú. «A neve, o frío, os cosacos… Que desfeita! De seis bestas do meu tiro, so eu quedei». Entonces vino el relato del interminable regreso a casa, famélico y asustado el jaco, huyendo de los cocineros del ejército en retirada. Según los libros de historia, más de doscientos mil caballos murieron en la retirada de Rusia. «Eu xa só quería volver a Muras. Porque eu sonlle de Muras», decía el caballo.

Consiguió llegar, y para tener una vida tranquila se puso a la venta en As San Lucas, a ver si lo compraba un escribano. Para su desdicha lo compró un fogueteiro. Las bombas de palenque le ponían malo, me dijo, porque le recordaban a los obuses de los rusos. Y si pasaban por O Xistral y había nieve, le entraba la amargura, y se ponía a excavar con el hocico, queriendo buscar a sus amigos. De modo que acabó echándose al monte, y allí transcurrió el resto de su vida hasta su día final. Había tenido descendencia, y lo más curioso es que todos los potros le salían con la sigla regimental grabada en el anca, como si se hubiese convertido en una marca de nacimiento…

«Póñeme vostede, logo, a Obertura 1812? Hai moito que non a escoito», insistió.

Le puse en el móvil esta poderosa obertura que compuso Chaikovski, y que conmemora las batallas de aquella campaña lejana. Y cuando llegaba la parte en la que suena La Marsellesa, el caballo tarareaba y se emocionaba como un veterano. Y yo miraba para otro lado, porque pocas cosas hay tan embarazosas como ver a un caballo llorar.

No sé si podré ir esa semana próxima a As San Lucas, como querría. Pero le encargaré a Miguel Souto Cabana o a Fran Bouso o a Antonio Reigosa, que me miren si entre los potrillos que entren este año a la plaza de la catedral desde A Fonte Vella, alguno lleva grabadas las siglas V6III.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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