Exhumar a Franco, un poderoso mensaje


Debería ser un motivo de júbilo y satisfacción para todos los demócratas de este país. Franco va a salir por fin del Valle de los Caídos, ese mausoleo construido a su mayor gloria, en el que está enterrado junto a sus víctimas, lo que constituye el colmo de la perversión. El procedimiento seguido por el Gobierno para acabar con esta escandalosa anomalía, sin precedentes en la UE, ha sido impecable por garantista. El Estado de derecho ha funcionado perfectamente, con los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) actuando al unísono. Los familiares de Franco han ejercido con plenitud los derechos legales que les garantiza la democracia, los mismos que él negó durante cuarenta años a los españoles. La resistencia ha sido numantina, pero doblegada con la ley en la mano. Frente a quienes argumentan que habría sido mejor dejar al dictador en paz, que eso es reabrir heridas o que no interesa a nadie, la medida, que llega con muchos años de retraso pero llega, supone un paso histórico que repara a las víctimas y reviste de dignidad a la democracia española.

Dicho esto, esta decisión deja también un regusto amargo. No es precisamente alegría lo que han manifestado los líderes de la derecha, Pablo Casado y Albert Rivera, sino resignación. Más sorprendente aún es la reacción de Pablo Iglesias, que le ha restado importancia, calificando la exhumación de «levísima restauración de la dignidad democrática». La de Vox es coherente con su ideología franquista, rechazo frontal.

Resulta descorazonador que, 44 años después, Franco siga dividiendo y retratando a nuestros políticos. Habría sido muy gratificante que todos los partidos, con la lógica excepción de la ultraderecha, se hubieran congratulado con la decisión, incluso que la hicieran suya. Pasar una página obligatoria y a otra cosa. Pero quizá han pensado que eso no habría sido bien recibido por parte de su electorado. Triste.

Es evidente que el líder socialista se ha apuntado un éxito personal, aunque no sea el único artífice de este logro por el que ha luchado mucha gente durante muchos años, pero sí su impulsor. Ni Felipe González ni Zapatero se atrevieron, y mucho menos, claro está, Aznar y Rajoy. Que lo va a utilizar en la campaña electoral es seguro, aunque mal haría si sobreactúa, porque se trata, por encima de todo, de una victoria de la democracia.

También es verdad que falta mucho por hacer, sobre todo rescatar a los muertos de las cunetas y darles una sepultura digna. Y hay que exigir que las autoridades se impliquen en esta tarea, porque es de justicia. Pero eso no es óbice para valorar lo que representa la exhumación. Franco no merece un monumento en el que se le honre, sino rechazo por la dictadura represiva que instauró.

Este es el poderoso mensaje simbólico y democrático que se lanza sacándolo de allí, lo que resulta muy saludable y didáctico en unos tiempos en los que el revisionismo y el relativismo neofranquistas están inoculando la peligrosa idea de que los golpes de Estado y las dictaduras son aceptables.

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